Estas en mi dolor
En mis horas de desaliento
En mi mundo rasgado, incierto
y en mi profunda pasión
yo persigo en mi tristeza
que seas mi compañía
y le des una alegría
a mi herido corazón
miércoles 8 de agosto de 2007
lunes 2 de julio de 2007
Ejercicio Final (Primera etapa)
Los participantes escribirán un cuento completo, de extensión libre, cuyo desenlace pueda ser ilustrado con la imagen de esta foto, tomada en 2005 por Alex Dodge
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Ejercicio Final (Primera etapa)
Hernan, EJERCICIO FINAL
Martincito
Martincito andaba apretándose sus finos labios con los dedos todo el día. Como si tuviera una bolita entre sus yemas. Los apretaba y tironeaba. Miraba siempre el piso, e inclinaba la cabeza antes de contestar. Por momentos, parpadeaba tan rápido como el aleteo de un colibrí. Y rara vez duraba más de cinco minutos en el mismo lugar.
De su casa salía por las mañanas a hacer las compras. Llevaba la lista anotada en grandes y pulcras letras azules, escritas por su madre. Eran de diez a treinta compras en cuatro o cinco lugares. De ir y venir tomaba más de dos, tres horas. Pero Martincito las hacía en una. No por ser rápido para los mandados, sino por ser insoportable esperando. Comenzaba a toquetear los productos de las góndolas, a preguntar una y otra vez quien seguía en la fila. A enredar las cortinas de la verdulería, a seguir con mímica los cortes de fetas de jamón. Trituraba las galletitas en sus paquetes y ni los vecinos aguantaban su taconear ininterrumpido. Siempre, apretando sus labios.
Ya de vuelta en la casa releía las revistas de superhéroes. Las únicas dos revistas que tenía. Una de Batman y otra de Spiderman. Eran sus preferidas, eran sus únicos juguetes. Tanta inquietud, contradictoriamente, desaparecía al dibujar. Cuando tomaba un lápiz y un bloc de hojas sus labios se aliviaban y todo su cuerpo se detenía. Sin volver nunca sobre un trazo. Copiaba, hasta mejoraba, las ilustraciones de las páginas. Y esto sin calcarlas. A puro pulso y talento.
Su deseo más profundo era dibujarse a él mismo saltando una montaña. Cómo los superhéroes, volando.
- ¡Martincito! - Gritó Justa, su madre – Qué te dije zanahorias grandes y repollitos pequeños. No al revés. Tráeme la libreta y tu oreja de inmediato.
En el barrio no era necesario preguntar por Justa y Martincito. Lo que pasaba entre ellos se escuchaba fuerte y claro cada día, todos los días. Incluso en año nuevo por sobre los aturdidores estallidos de los cohetes.
Su madre llevaba el pelo recogido y tirante. Siempre vestidos de flores recargados de tonalidades. Las chancletas de cuero y madera que golpeteaban y su mano ligera para el cachetazo. No solo para con su hijo, para cualquiera que estuviera al alcance. En una oportunidad golpeó tanto al niño de doña Pura, que vive frente a su casa, que éste volvió de rodillas a su hogar. Y todo, por haber roto un rosal de un pelotazo.
- ¡Martincito! – Gritó nuevamente Justa. Tomó el dibujo que le llevó toda la mañana y lo partió en mil pedazos -. ¿Cuántas veces tengo que escribirlo?. Todos los días me traes algo equivocado. O eres tonto o esto es muy difícil para ti. Limpia los papeles que me has hecho tirar. Y no esperes otro bloc este mes. ¡La plata que me haces gastar para que la rompa y tire en tu cara!. Tendrás más tiempo para hacer bien las compras. Y menos tiempo para perder en el fondo con tu lápiz. Que ya chiquito es. No entiendo como puedes dibujar con algo que apenas puedes sostener con tus dedos. ¿Luego qué?. ¿Dibujarás con tus uñas?. – Y lo tiró de la oreja al piso a barrer y baldear, toda la casa y la vereda -.
Justa tenía algún motivo para ser tan desalmada. Pero nadie podría decir cual. Qué su marido la ataba a la cama cada día hasta que él volviera del trabajo. Qué su marido se había ido al monte enamorado de una oveja. Que su padre era su marido. Que nunca tuvo marido. Que ella era el marido, por lo bruta y peluda.
- ¡Martin!. Saca ya el colchón a orear que es el mediodía. O duermes afuera otra vez.
Todas las mañanas Martincito amanecía sobre su propio pis. Apenas tomaba agua en el día y nada por las noches. Pero se levantaba empapado. Sospechaba que su madre le tiraba agua con una jarra, tal vez juntaba su propio pis y todo. Pero no se atrevía ni a despertarse o decirlo. Ya había sentido muchas veces el palo de amasar en el lomo y por mucho menos. Por tan solo un – No me pegues más -.
Justa recurría todas las semanas a su bruja preferida. La Machi Matrana. Una vieja pequeñita de andar ligero y palabras agudas. Todo el barrio la había visitado más de una vez. Para el bien, o para el mal. La Machi Matrana era de trabajar de noche o de día, siempre que el dinero tuviera el mismo color y sustancioso peso.
- Matranita - le dijo Justa -, este chico ya me tiene harta. Necesito un embrujo que lo enderece de una buena vez. Y nada de un paliativo. Las tijeras bajo el colchón, la tierra en la sopa, las pulgas en la cama, la sal en los ojos, nada de eso. Solo el pis por las noches funciona para que no me conteste, para que no hable. Aunque a veces me da miedo como se toma los labios. Necesito algo fuerte. Algo que lo ponga en camino. Aunque tenga que ofrecer mi casa por ello.
Machi Matrana abrió los ojos de codicia pero los mostró como si fueran de compasión.
- Justita mi hermana. No podría tomarte tu casa por este embrujo. Los jueces después me la sacan como con doña Pura. Que bien volvió con su esposo, pero no me pagó. Tendrías que ofrecerme el reloj de tu padre y algunas joyas más. No es cosa fácil ponerlo derecho al chiquito. Pero se puede lograr.
Era lo único que quería realmente. Más que su vida. El reloj de oro de su padre. Un simple reloj de cadena que viajó en barco desde Europa. Algo que siempre colgaba del pantalón de su padre y ella, desde chica, quería tomar con sus dos manos. La Matrana estaba pidiendo todo, literalmente. La casa valía mucho más que el reloj, pero nada en comparación.
Volvió a su casa con los hombros por el suelo, apesadumbrada. Su hijo no estaba. Tal vez había ido a matar ratas en las vías cerca de la estación. Se metió en su cuarto y sacó debajo del colchón el reloj. Envuelto en un pañuelo de seda, rojo, de pintitas blancas. Lo abrió y dijo:
- Padre, Justa está pasando penurias. Tiene que dejarte ir. Es hora de dejarte ir. Aunque tal vez no vuelva a soñarte y no recuerde más tu rostro. Justa necesita pagarle a la vieja bruja lo que ella no vale. Tal vez pueda recuperarte luego con el palo de amasar, si esta Machi no lo revende. Un beso y, espero, vuelvas pronto.
La Machi tomó el artículo como si fuera una monedita y lo guardó en una caja de madera decorada con piedras de colores. Sentó a Justa en frente, la tomó de las manos y entró en trance. Hizo una ridícula actuación de sonidos guturales meneando su cabeza terminando con un escupitajo de flema amarilla sobre las manos de Justa.
- El chico está sobrado de agua. Se te ahoga en sueños. Hay que secarlo, por dentro. Que venga esta noche, solo. A las ocho menos veinte. Y no antes, no después. Voy a darle moca de palta y harina de ciervo. Tengo que hacerlo rezar unos versos y no puede estar acompañado. Me lo traes y te lo mando cuando termine. A las ocho menos veinte. No antes, no después. – y le clavó sus gordos ojos como una amenaza –
- ¡Machi Matrana, Machi Matrana!. Venga y mire. ¡Se me fue el Martincito! – la tomó del brazo y la arrastró hasta el fondo de la casa.- Fíjese. Sus pantalones, sus zapatillas, sus medias, su remera. Todo, todo está. Menos él. Solo este poquito de agua que parece y huele como pis. ¿Qué me ha hecho Machi Matrana?. ¿Qué me ha hecho?.
- Tranquila Justa. Podía pasar. Martincito andaba muy húmedo, era casi un mar cuando lo curé anoche. Se me mojaba la harina antes de masajearlos por el cuerpo. ¿Ve?. Hay un poco de grupo en su ropa. El pobrecito no daba más. Debe haberse caído como baldazo y el sol de la mañana se lo llevó. No se como no ocurrió antes. Debe ser que lo necesitaba, doña Justa. Sino se le habría ido por una rejilla en la calle. Y ahí sí que no sabría que le habría pasado. Siéntese y cálmese. Ya pasó, ya pasó lo peor para él. Un día de estos, le cae de vuelta como la lluvia. Pero ahora no está más.
Justa puso el culo en el suelo sin preocuparse por la pollera y las piernas abiertas. Estaba grasienta de sudor. Le dijo a la Machi que quería de vuelta su reloj. Pero esta le previno. Tal vez su hijo vuelva con una tormenta antes del año. Hasta entonces, conservaría la paga, luego, la devolvería.
Martincito cruzaba los cerros a más de 300 Km de su casa. Estaba llegando a Curapanita, dónde se cultiva, cosecha, seca y muele el pimentón. Un desierto con sol hasta por las noches. En la estación lo esperaba Jorgito, el hermano de la Machi. Le dijeron que el chico obedecía y trabajaba todo el día de ser necesario. Pero que tenía que devolverlo antes del año por una semana. Para sacarle la casa a doña Justa, y no devolverle el reloj.
Estaba parado mirando el suelo desde la puerta del vagón. Muy alto y la escalera estaba dada vuelta. Miró el blanco sol sobre los cerros hasta cegarse y saltó con todas sus fuerzas, como lo haría Batman.
Martincito andaba apretándose sus finos labios con los dedos todo el día. Como si tuviera una bolita entre sus yemas. Los apretaba y tironeaba. Miraba siempre el piso, e inclinaba la cabeza antes de contestar. Por momentos, parpadeaba tan rápido como el aleteo de un colibrí. Y rara vez duraba más de cinco minutos en el mismo lugar.
De su casa salía por las mañanas a hacer las compras. Llevaba la lista anotada en grandes y pulcras letras azules, escritas por su madre. Eran de diez a treinta compras en cuatro o cinco lugares. De ir y venir tomaba más de dos, tres horas. Pero Martincito las hacía en una. No por ser rápido para los mandados, sino por ser insoportable esperando. Comenzaba a toquetear los productos de las góndolas, a preguntar una y otra vez quien seguía en la fila. A enredar las cortinas de la verdulería, a seguir con mímica los cortes de fetas de jamón. Trituraba las galletitas en sus paquetes y ni los vecinos aguantaban su taconear ininterrumpido. Siempre, apretando sus labios.
Ya de vuelta en la casa releía las revistas de superhéroes. Las únicas dos revistas que tenía. Una de Batman y otra de Spiderman. Eran sus preferidas, eran sus únicos juguetes. Tanta inquietud, contradictoriamente, desaparecía al dibujar. Cuando tomaba un lápiz y un bloc de hojas sus labios se aliviaban y todo su cuerpo se detenía. Sin volver nunca sobre un trazo. Copiaba, hasta mejoraba, las ilustraciones de las páginas. Y esto sin calcarlas. A puro pulso y talento.
Su deseo más profundo era dibujarse a él mismo saltando una montaña. Cómo los superhéroes, volando.
- ¡Martincito! - Gritó Justa, su madre – Qué te dije zanahorias grandes y repollitos pequeños. No al revés. Tráeme la libreta y tu oreja de inmediato.
En el barrio no era necesario preguntar por Justa y Martincito. Lo que pasaba entre ellos se escuchaba fuerte y claro cada día, todos los días. Incluso en año nuevo por sobre los aturdidores estallidos de los cohetes.
Su madre llevaba el pelo recogido y tirante. Siempre vestidos de flores recargados de tonalidades. Las chancletas de cuero y madera que golpeteaban y su mano ligera para el cachetazo. No solo para con su hijo, para cualquiera que estuviera al alcance. En una oportunidad golpeó tanto al niño de doña Pura, que vive frente a su casa, que éste volvió de rodillas a su hogar. Y todo, por haber roto un rosal de un pelotazo.
- ¡Martincito! – Gritó nuevamente Justa. Tomó el dibujo que le llevó toda la mañana y lo partió en mil pedazos -. ¿Cuántas veces tengo que escribirlo?. Todos los días me traes algo equivocado. O eres tonto o esto es muy difícil para ti. Limpia los papeles que me has hecho tirar. Y no esperes otro bloc este mes. ¡La plata que me haces gastar para que la rompa y tire en tu cara!. Tendrás más tiempo para hacer bien las compras. Y menos tiempo para perder en el fondo con tu lápiz. Que ya chiquito es. No entiendo como puedes dibujar con algo que apenas puedes sostener con tus dedos. ¿Luego qué?. ¿Dibujarás con tus uñas?. – Y lo tiró de la oreja al piso a barrer y baldear, toda la casa y la vereda -.
Justa tenía algún motivo para ser tan desalmada. Pero nadie podría decir cual. Qué su marido la ataba a la cama cada día hasta que él volviera del trabajo. Qué su marido se había ido al monte enamorado de una oveja. Que su padre era su marido. Que nunca tuvo marido. Que ella era el marido, por lo bruta y peluda.
- ¡Martin!. Saca ya el colchón a orear que es el mediodía. O duermes afuera otra vez.
Todas las mañanas Martincito amanecía sobre su propio pis. Apenas tomaba agua en el día y nada por las noches. Pero se levantaba empapado. Sospechaba que su madre le tiraba agua con una jarra, tal vez juntaba su propio pis y todo. Pero no se atrevía ni a despertarse o decirlo. Ya había sentido muchas veces el palo de amasar en el lomo y por mucho menos. Por tan solo un – No me pegues más -.
Justa recurría todas las semanas a su bruja preferida. La Machi Matrana. Una vieja pequeñita de andar ligero y palabras agudas. Todo el barrio la había visitado más de una vez. Para el bien, o para el mal. La Machi Matrana era de trabajar de noche o de día, siempre que el dinero tuviera el mismo color y sustancioso peso.
- Matranita - le dijo Justa -, este chico ya me tiene harta. Necesito un embrujo que lo enderece de una buena vez. Y nada de un paliativo. Las tijeras bajo el colchón, la tierra en la sopa, las pulgas en la cama, la sal en los ojos, nada de eso. Solo el pis por las noches funciona para que no me conteste, para que no hable. Aunque a veces me da miedo como se toma los labios. Necesito algo fuerte. Algo que lo ponga en camino. Aunque tenga que ofrecer mi casa por ello.
Machi Matrana abrió los ojos de codicia pero los mostró como si fueran de compasión.
- Justita mi hermana. No podría tomarte tu casa por este embrujo. Los jueces después me la sacan como con doña Pura. Que bien volvió con su esposo, pero no me pagó. Tendrías que ofrecerme el reloj de tu padre y algunas joyas más. No es cosa fácil ponerlo derecho al chiquito. Pero se puede lograr.
Era lo único que quería realmente. Más que su vida. El reloj de oro de su padre. Un simple reloj de cadena que viajó en barco desde Europa. Algo que siempre colgaba del pantalón de su padre y ella, desde chica, quería tomar con sus dos manos. La Matrana estaba pidiendo todo, literalmente. La casa valía mucho más que el reloj, pero nada en comparación.
Volvió a su casa con los hombros por el suelo, apesadumbrada. Su hijo no estaba. Tal vez había ido a matar ratas en las vías cerca de la estación. Se metió en su cuarto y sacó debajo del colchón el reloj. Envuelto en un pañuelo de seda, rojo, de pintitas blancas. Lo abrió y dijo:
- Padre, Justa está pasando penurias. Tiene que dejarte ir. Es hora de dejarte ir. Aunque tal vez no vuelva a soñarte y no recuerde más tu rostro. Justa necesita pagarle a la vieja bruja lo que ella no vale. Tal vez pueda recuperarte luego con el palo de amasar, si esta Machi no lo revende. Un beso y, espero, vuelvas pronto.
La Machi tomó el artículo como si fuera una monedita y lo guardó en una caja de madera decorada con piedras de colores. Sentó a Justa en frente, la tomó de las manos y entró en trance. Hizo una ridícula actuación de sonidos guturales meneando su cabeza terminando con un escupitajo de flema amarilla sobre las manos de Justa.
- El chico está sobrado de agua. Se te ahoga en sueños. Hay que secarlo, por dentro. Que venga esta noche, solo. A las ocho menos veinte. Y no antes, no después. Voy a darle moca de palta y harina de ciervo. Tengo que hacerlo rezar unos versos y no puede estar acompañado. Me lo traes y te lo mando cuando termine. A las ocho menos veinte. No antes, no después. – y le clavó sus gordos ojos como una amenaza –
- ¡Machi Matrana, Machi Matrana!. Venga y mire. ¡Se me fue el Martincito! – la tomó del brazo y la arrastró hasta el fondo de la casa.- Fíjese. Sus pantalones, sus zapatillas, sus medias, su remera. Todo, todo está. Menos él. Solo este poquito de agua que parece y huele como pis. ¿Qué me ha hecho Machi Matrana?. ¿Qué me ha hecho?.
- Tranquila Justa. Podía pasar. Martincito andaba muy húmedo, era casi un mar cuando lo curé anoche. Se me mojaba la harina antes de masajearlos por el cuerpo. ¿Ve?. Hay un poco de grupo en su ropa. El pobrecito no daba más. Debe haberse caído como baldazo y el sol de la mañana se lo llevó. No se como no ocurrió antes. Debe ser que lo necesitaba, doña Justa. Sino se le habría ido por una rejilla en la calle. Y ahí sí que no sabría que le habría pasado. Siéntese y cálmese. Ya pasó, ya pasó lo peor para él. Un día de estos, le cae de vuelta como la lluvia. Pero ahora no está más.
Justa puso el culo en el suelo sin preocuparse por la pollera y las piernas abiertas. Estaba grasienta de sudor. Le dijo a la Machi que quería de vuelta su reloj. Pero esta le previno. Tal vez su hijo vuelva con una tormenta antes del año. Hasta entonces, conservaría la paga, luego, la devolvería.
Martincito cruzaba los cerros a más de 300 Km de su casa. Estaba llegando a Curapanita, dónde se cultiva, cosecha, seca y muele el pimentón. Un desierto con sol hasta por las noches. En la estación lo esperaba Jorgito, el hermano de la Machi. Le dijeron que el chico obedecía y trabajaba todo el día de ser necesario. Pero que tenía que devolverlo antes del año por una semana. Para sacarle la casa a doña Justa, y no devolverle el reloj.
Estaba parado mirando el suelo desde la puerta del vagón. Muy alto y la escalera estaba dada vuelta. Miró el blanco sol sobre los cerros hasta cegarse y saltó con todas sus fuerzas, como lo haría Batman.
lunes 25 de junio de 2007
ejercicio 7: ¿como describirle?
¿COMO DESCRIBIRLE?
Esta vez estoy dispuesto a contarlo todo, a tratar de explicar lo que miro al cercar mis ojos. No me importa que nadie me escuche, que nadie crea lo que estoy diciendo, pero lo juro por todos los cielos que fue verdad, que yo lo viví aunque algunos piensen que solo lo hago para tratar de espantar, especialmente cuando entre amigos ó reuniones familiares contamos anécdotas ó solo repetimos algo que por ahí escuchamos. Todo esto para darnos valor y no temerle a lo que pocos han mirado y muchos creen que no existe, diciendo que son ilusiones de nosotros, los que lo hemos vivido.
Cierro los ojos y mi mente se nubla, entre la neblina que distorsiona mis recuerdos, miro el angosto camino de terracería que nos lleva a la mitad de la sierra, un poco más acá de donde el Coronel nos ordeno llegar; aun recuerdo sus palabras, sus ordenes que para nosotros eran inapelables, -mañana mismo todos ustedes se irán a la sierra de Amaluca, allá hay un escuadrón al cual se unirán, entre todos, hey pinché cabo, deja de estarte acomodando el carajó casco ó te lo vuelo a punta de plomazos- les decía, se van a unir con ellos para atacar por todos lados los sembradíos de hierba que hay del otro lado de la sierra, esa será su misión, así que mañana a primera hora los quiero lejos de aquí”; esas fueron sus ordenes y ni hablar, tenían que ser obedecidas.
Por la mañana, tres camiones salían del batallón con treinta soldados cada uno, todos luciendo el uniforme cuando pasamos por un pueblo y la gente se nos quedo mirando; algunos se alegraban, otros se reían y pocos murmuraban “ya viste, ahí van esos babosos” “si, parecen muñequitos de juguete “. Solo Dios sabe lo que piensen al mirarnos, algunos se ponen en pie, se quitan el sombrero y dan el saludo de la patria, otros no dan más que la espalda.
Pasamos por muchos pueblos, Santa Ursula, La Nopalera, El Pulque y algunos que ni nombre tenían; de tantos que pasamos, fue solo uno al que nunca olvidare, ahí todos eran pobres, yo los mire, los mire descalzos, pisando con esos pies que de tanto andar eran más fuertes que las piedras, andando de un lado a otro y corriendo cuando escuchaban que un auto se aproximaba, pues hasta a eso le temían al rugir de los motores. Mire como las mujeres se cubrían sus partes con pedazos de tela y como los niños se exhibían sin ningún pudor, siempre acostumbrados a estar así, desnudos y jugando con piedras y durmiendo entre paredes de cartón y pisos de tierra por culpa de su pobreza, ese pueblo nunca lo olvidare, era tal su pobreza que para ni un nombre tenían, todos eran Jesús y Maria.
Ya pasado el último pueblo, nos internamos en la sierra para viajar otras tres horas y dejar los camiones del otro lado del río, justo donde terminaba la carretera, ahí cargamos con el equipo y los víveres y comenzamos a caminar por un camino que no existía. Frente a mi iba el guía, miraba como se orientaba con su brújula y seguía caminando, decía que íbamos para el sur y que según su mapa, estaríamos en el batallón en no más de cinco horas; sobre el camino que íbamos haciendo, solo había hojas secas del otoño pasado y al frente ramas, grandes ramas que inútilmente trataban de obstruirnos el paso al encontrarse con el filo de nuestros machetes, todo a nuestro alrededor era verde, los árboles, las plantas, las piedras cubiertas de musgo verde, todo verde, lo único que nos distrajo en esas largas horas, fue el trinar de los gorriones, el aullido de los lobos y el temor que nos producía el cascabeleo de las víboras que no muy lejos se escuchaban.
Caminamos mucho sobre aquella sierra que parecía interminable, sobre aquellas subidas, sobre aquellas bajadas, sobre aquellas planicies donde ni siquiera los caballos podrían andar por el pasto que casi nos tapaba. Caminamos mucho hasta que por fin escuchamos la corriente del río, ahí donde estaría el batallón, del otro lado del río, el mismo que baja hasta pasar aun lado de los camiones y perderse después de la cascada aquella que de lo alto que esta, no se mira para donde continua.
Aquella noche nos instalamos en los cuartos que torpemente estaban hechos, recuerdo que cada escuadrón tenía sus propios cuartos, sus propios baños, donde lo único que compartíamos era el agua del río y la comida que los cuatro cocineros -dos de cada escuadrón-, preparaban.
Raras veces se miraba alguna persona de los pueblos bajar arreando algún animal que se les había perdido y que lo venían a encontrar a kilómetros de distancia, de ahí en fuera nadie subía por aquellos lugares, de las pocas personas del pueblo que llegue a mirar, Don Tomas fue el que más platicador me resulto, los demás se pasaban derecho y ni los buenos días daban, pero Don Tomas se quedo a platicar conmigo y varios de mis compañeros.
-Ustedes muchachos, ustedes se creen tan valientes con ese uniforme verde y esa arma atada a sus espaldas, creen que con pertenecer al ejercito nadie les temerá y todos agacharan la cabeza al mirarlos pasar, creen que ningún hombre se les pondrá al parejo y la mera verdad, seria muy tonto el que los quisiera enfrentarlos trayendo ustedes esa arma y el otro un simple machete, si bien le va, si no, nada, pero aquí hay algo que no les teme, aquí y tan lejos del pueblo hay quien los observa segundo a segundo, incluso horita nos esta escuchando; los fantasmas, esas sombras que no le temen a nada, esos bultos blancos que por la noche atraviesan el río sin tocarlo, flotando en el aire, siendo para nosotros lo indestructible, lo bueno es que las animas no atacan, pero aparte hay algo aquí, algo que anda por esta sierra, que nadie ha visto pero que se siente su presencia.
“Ese algo es el demonio, tal vez ustedes no me crean, pero eso lo dejo a su pensar, solo les digo que cuando salgan por la noche al caminar, no lleven consigo su arma, lleven una cruz, y llévenla entre sus manos porque los pasos que escuchen tras ustedes no tendrán vida, serán los pasos del que reina las tinieblas, y el frío no será más que la anunciación de su llegada; por eso en esos casos es preferible cargar una cruz, que una maldita arma que no sirve para otra cosa que no sea matar a los que en verdad viven.”
Don Tomas nos hizo reír, todos reíamos, ¿Quién fregados se nos enfrentaría?, ¿Quién?
“Anden, ríanse, síganse riendo, ojala cuando lo tengan enfrente sigan teniendo esa risa de estúpidos, ríanse, porque por ahora es lo único que pueden hacer; burlarse, burlarse de lo que es mil veces más fuerte que todos ustedes, Dios quiera nunca se les presente, porque de seguro ahí mismo caen muertos y no viven para contarlo, por ahora me voy, la noche no tarda en caer y no quiero andar entre los árboles sabiendo que hay algo más.”
Todos miramos a Don Tomas alejarse, lo miramos perderse entre los árboles, como si fuera tragado por la sierra.
Por las noche todos dormíamos sobre las literas, unos arriba, otros abajo, según nos tocara, a mi me toco estar abajo, esa noche escuche como Rodrigo -mi compañero de litera-, se levantaba, bajaba la escalera y caminaba por el pasillo para perderse el sonido de sus pasos del otro lado de la puerta.
No le tome atención, no lo hice porque muy posiblemente había salido a fumar un cigarrillo, a ir al baño, ó aun peor; a buscar aquello que Don Tomas tanto nos había contado. Seguí con los ojos cerrados hasta que el sonido de una metralleta nos hizo levantarnos y tomar el arma que sobre nuestras cabeceras estaba, comenzamos a vestirnos como locos, como si fuera competencia para saber quien lo hacia más rápido, todos terminamos al mismo tiempo, nos íbamos poniendo en pie cuando vimos entrar a Rodrigo y atravesar el pasillo para llegar a sentarse a mi lado, venia pálido, terriblemente pálido, como si hubiera estado con la muerte, como si estuviera muerto.
-Me levante para ir al baño, no sé si ustedes lo sepan, pero los baños no tienen agua y eso provoco que tomara una cubeta y fuera al río por agua. Me agache, llene la cubeta, di media vuelta y comencé a caminar.
-Ahora no recuerdo cuantos pasos di, pero no fueron muchos. Ustedes bien saben que por la noche no se escucha nada, ni el río, ni los pájaros, ni el aire, ni la respiración de uno mismo, fue ese silencio tan profundo el que me dejo oír ruidos del otro lado del río, entre los árboles, escuche pasos, pisadas sobre las hojas secas, escuche una respiración agitada, deje la cubeta en el suelo y voltee para mirar lo que andaba por ahí, mire un bulto blanco, estaba detrás de los árboles, detenido como si me estuviera mirando, entonces no lo dude ni un segundo y comencé a dispararle hasta que no quedo bala alguna por disparar, después comencé a correr, corrí como nunca mientras seguía escuchando aquel quejido aterrador que aun resuena en mi cabeza, lo seguí escuchando hasta que llegue aquí.
El resto de la noche apenas y pudimos cerrar los ojos; todos estuvimos con el arma en la mano, dispuestos a disparar si algo atravesaba la puerta sin tocarla. Gracias a Dios la noche termino. Era un nuevo día y como tal, lo pasado había quedado atrás.
Poco antes de merendar, Rodrigo y yo, fuimos por el arma y la cubeta que él había dejado tiradas a un lado del río él aun iba temblando, temía encontrarse con lo que había mirado horas antes, temía que ese algo lo persiguiera, todo él era un manojo de nervios.
Al llegar al río, ambos nos quedamos mirando hacia el otro lado y comenzamos a carcajearnos, ahí no había una alma, no había nada paranormal, lo único que había era una vaca muerta, una vaca blanca teñida de rojo por los impactos de las balas que le habían matado, era una vaca que nunca debió haber estado ahí y mucho menos por la noche; la pobre espanto a Rodrigo y el sonso pensó que era un fantasma, las balas fueron clavándose en su cuerpo y la pobre bramaba mientras iba cayendo.
Esa mañana cargamos con el animal para cocinarla, Rodrigo más tarde se arreglaría con el dueño de tan desafortunado animal.
Fue complicado destazarla, tan solo le quitamos el cuero agujerado y la fuimos cocinando por partes para que al cabo de cinco días no quedara más que los huesos. De su dueño nunca se supo nada, nadie subió preguntando por ella y Don Tomas nunca volvió a subir para mínimo preguntarle algo.
De ahí todo pareció volver a la normalidad, mis compañeros salían por la noche al baño y regresaban para volver a dormir, yo salía al baño y regresaba para volver a dormir; una de tantas noches, salí del cuarto para ir al baño, pero esa noche el frío era tal que calaba los huesos y yo por ningún motivo pensé ir al río por agua, así que en lugar de ir a los baños que estaban asignados para nosotros, fui a los del otro batallón, de esta forma nosotros no tendríamos problemas más tarde.
Dentro de un gran cuarto sin puerta, había tres escusados, cada uno con una puerta que daba del piso a casi tocar el techo.
Entre y mire las tres puertas, una frente a mí y una a cada orilla, di unos pasos hasta estar frente a la puerta del lado izquierdo y golpee para abrirla, no había nadie, golpee la puerta de en medio sin encontrarme con alguien adentro, golpee la otra puerta y al no haber nadie, entre e hice del baño sin cerrar la puerta, de este modo me daría cuenta si alguien entraba, no entro nadie.
Minutos después volvía a ponerme en pie para ir a los dormitorios, pero esta vez algo me detuvo, estaba por salir del cuarto cuando escuche que me llamaban, era una voz tan honda que me decía “mírame, aquí estoy”, la voz era de esas que nacen de la nada, de esas que no se sabe si son ciertas ó son alucinaciones nuestras, pero esta la escuche tan claro que pensé que era mi superior, voltee la mirada para saber quien era y en el baño de en medio, mire, mire un monstruo, era una cosa gigante, estaba ahí parado y me miraba con sus ojos rojos, en esos instantes, debido al susto que me dio, comencé a carcajearme, a decir que ya me había asustado, a carcajearme y a seguir diciendo que me había asustado, pero esa cosa solo me miraba, sin moverse.
Ahora no lo puedo describir un poco más, no mire si tenia cuernos, cola, alas, no me quede a averiguar lo que era porque de un segundo a otro regrese a la realidad y salí corriendo al llegar al dormitorio a nadie le dije nada, me quede callado y temblando bajo las cobijas.
Por la mañana comencé a preguntar a uno por uno del porque me había asustado, pero todos juraron que no habían sido, nadie sabia nada, nadie me había asustado, fue ahí cuando supe que aquello que mire, fue el demonio del que tanto nos hablo Don Tomas.
Ahora estoy aquí, contándotelo, y así como escuchas mi voz, así lo escuche, y así como me miras, así lo mire, algunos me piden describirlo, ¿Pero como describir lo que no tiene explicación?
Esta vez estoy dispuesto a contarlo todo, a tratar de explicar lo que miro al cercar mis ojos. No me importa que nadie me escuche, que nadie crea lo que estoy diciendo, pero lo juro por todos los cielos que fue verdad, que yo lo viví aunque algunos piensen que solo lo hago para tratar de espantar, especialmente cuando entre amigos ó reuniones familiares contamos anécdotas ó solo repetimos algo que por ahí escuchamos. Todo esto para darnos valor y no temerle a lo que pocos han mirado y muchos creen que no existe, diciendo que son ilusiones de nosotros, los que lo hemos vivido.
Cierro los ojos y mi mente se nubla, entre la neblina que distorsiona mis recuerdos, miro el angosto camino de terracería que nos lleva a la mitad de la sierra, un poco más acá de donde el Coronel nos ordeno llegar; aun recuerdo sus palabras, sus ordenes que para nosotros eran inapelables, -mañana mismo todos ustedes se irán a la sierra de Amaluca, allá hay un escuadrón al cual se unirán, entre todos, hey pinché cabo, deja de estarte acomodando el carajó casco ó te lo vuelo a punta de plomazos- les decía, se van a unir con ellos para atacar por todos lados los sembradíos de hierba que hay del otro lado de la sierra, esa será su misión, así que mañana a primera hora los quiero lejos de aquí”; esas fueron sus ordenes y ni hablar, tenían que ser obedecidas.
Por la mañana, tres camiones salían del batallón con treinta soldados cada uno, todos luciendo el uniforme cuando pasamos por un pueblo y la gente se nos quedo mirando; algunos se alegraban, otros se reían y pocos murmuraban “ya viste, ahí van esos babosos” “si, parecen muñequitos de juguete “. Solo Dios sabe lo que piensen al mirarnos, algunos se ponen en pie, se quitan el sombrero y dan el saludo de la patria, otros no dan más que la espalda.
Pasamos por muchos pueblos, Santa Ursula, La Nopalera, El Pulque y algunos que ni nombre tenían; de tantos que pasamos, fue solo uno al que nunca olvidare, ahí todos eran pobres, yo los mire, los mire descalzos, pisando con esos pies que de tanto andar eran más fuertes que las piedras, andando de un lado a otro y corriendo cuando escuchaban que un auto se aproximaba, pues hasta a eso le temían al rugir de los motores. Mire como las mujeres se cubrían sus partes con pedazos de tela y como los niños se exhibían sin ningún pudor, siempre acostumbrados a estar así, desnudos y jugando con piedras y durmiendo entre paredes de cartón y pisos de tierra por culpa de su pobreza, ese pueblo nunca lo olvidare, era tal su pobreza que para ni un nombre tenían, todos eran Jesús y Maria.
Ya pasado el último pueblo, nos internamos en la sierra para viajar otras tres horas y dejar los camiones del otro lado del río, justo donde terminaba la carretera, ahí cargamos con el equipo y los víveres y comenzamos a caminar por un camino que no existía. Frente a mi iba el guía, miraba como se orientaba con su brújula y seguía caminando, decía que íbamos para el sur y que según su mapa, estaríamos en el batallón en no más de cinco horas; sobre el camino que íbamos haciendo, solo había hojas secas del otoño pasado y al frente ramas, grandes ramas que inútilmente trataban de obstruirnos el paso al encontrarse con el filo de nuestros machetes, todo a nuestro alrededor era verde, los árboles, las plantas, las piedras cubiertas de musgo verde, todo verde, lo único que nos distrajo en esas largas horas, fue el trinar de los gorriones, el aullido de los lobos y el temor que nos producía el cascabeleo de las víboras que no muy lejos se escuchaban.
Caminamos mucho sobre aquella sierra que parecía interminable, sobre aquellas subidas, sobre aquellas bajadas, sobre aquellas planicies donde ni siquiera los caballos podrían andar por el pasto que casi nos tapaba. Caminamos mucho hasta que por fin escuchamos la corriente del río, ahí donde estaría el batallón, del otro lado del río, el mismo que baja hasta pasar aun lado de los camiones y perderse después de la cascada aquella que de lo alto que esta, no se mira para donde continua.
Aquella noche nos instalamos en los cuartos que torpemente estaban hechos, recuerdo que cada escuadrón tenía sus propios cuartos, sus propios baños, donde lo único que compartíamos era el agua del río y la comida que los cuatro cocineros -dos de cada escuadrón-, preparaban.
Raras veces se miraba alguna persona de los pueblos bajar arreando algún animal que se les había perdido y que lo venían a encontrar a kilómetros de distancia, de ahí en fuera nadie subía por aquellos lugares, de las pocas personas del pueblo que llegue a mirar, Don Tomas fue el que más platicador me resulto, los demás se pasaban derecho y ni los buenos días daban, pero Don Tomas se quedo a platicar conmigo y varios de mis compañeros.
-Ustedes muchachos, ustedes se creen tan valientes con ese uniforme verde y esa arma atada a sus espaldas, creen que con pertenecer al ejercito nadie les temerá y todos agacharan la cabeza al mirarlos pasar, creen que ningún hombre se les pondrá al parejo y la mera verdad, seria muy tonto el que los quisiera enfrentarlos trayendo ustedes esa arma y el otro un simple machete, si bien le va, si no, nada, pero aquí hay algo que no les teme, aquí y tan lejos del pueblo hay quien los observa segundo a segundo, incluso horita nos esta escuchando; los fantasmas, esas sombras que no le temen a nada, esos bultos blancos que por la noche atraviesan el río sin tocarlo, flotando en el aire, siendo para nosotros lo indestructible, lo bueno es que las animas no atacan, pero aparte hay algo aquí, algo que anda por esta sierra, que nadie ha visto pero que se siente su presencia.
“Ese algo es el demonio, tal vez ustedes no me crean, pero eso lo dejo a su pensar, solo les digo que cuando salgan por la noche al caminar, no lleven consigo su arma, lleven una cruz, y llévenla entre sus manos porque los pasos que escuchen tras ustedes no tendrán vida, serán los pasos del que reina las tinieblas, y el frío no será más que la anunciación de su llegada; por eso en esos casos es preferible cargar una cruz, que una maldita arma que no sirve para otra cosa que no sea matar a los que en verdad viven.”
Don Tomas nos hizo reír, todos reíamos, ¿Quién fregados se nos enfrentaría?, ¿Quién?
“Anden, ríanse, síganse riendo, ojala cuando lo tengan enfrente sigan teniendo esa risa de estúpidos, ríanse, porque por ahora es lo único que pueden hacer; burlarse, burlarse de lo que es mil veces más fuerte que todos ustedes, Dios quiera nunca se les presente, porque de seguro ahí mismo caen muertos y no viven para contarlo, por ahora me voy, la noche no tarda en caer y no quiero andar entre los árboles sabiendo que hay algo más.”
Todos miramos a Don Tomas alejarse, lo miramos perderse entre los árboles, como si fuera tragado por la sierra.
Por las noche todos dormíamos sobre las literas, unos arriba, otros abajo, según nos tocara, a mi me toco estar abajo, esa noche escuche como Rodrigo -mi compañero de litera-, se levantaba, bajaba la escalera y caminaba por el pasillo para perderse el sonido de sus pasos del otro lado de la puerta.
No le tome atención, no lo hice porque muy posiblemente había salido a fumar un cigarrillo, a ir al baño, ó aun peor; a buscar aquello que Don Tomas tanto nos había contado. Seguí con los ojos cerrados hasta que el sonido de una metralleta nos hizo levantarnos y tomar el arma que sobre nuestras cabeceras estaba, comenzamos a vestirnos como locos, como si fuera competencia para saber quien lo hacia más rápido, todos terminamos al mismo tiempo, nos íbamos poniendo en pie cuando vimos entrar a Rodrigo y atravesar el pasillo para llegar a sentarse a mi lado, venia pálido, terriblemente pálido, como si hubiera estado con la muerte, como si estuviera muerto.
-Me levante para ir al baño, no sé si ustedes lo sepan, pero los baños no tienen agua y eso provoco que tomara una cubeta y fuera al río por agua. Me agache, llene la cubeta, di media vuelta y comencé a caminar.
-Ahora no recuerdo cuantos pasos di, pero no fueron muchos. Ustedes bien saben que por la noche no se escucha nada, ni el río, ni los pájaros, ni el aire, ni la respiración de uno mismo, fue ese silencio tan profundo el que me dejo oír ruidos del otro lado del río, entre los árboles, escuche pasos, pisadas sobre las hojas secas, escuche una respiración agitada, deje la cubeta en el suelo y voltee para mirar lo que andaba por ahí, mire un bulto blanco, estaba detrás de los árboles, detenido como si me estuviera mirando, entonces no lo dude ni un segundo y comencé a dispararle hasta que no quedo bala alguna por disparar, después comencé a correr, corrí como nunca mientras seguía escuchando aquel quejido aterrador que aun resuena en mi cabeza, lo seguí escuchando hasta que llegue aquí.
El resto de la noche apenas y pudimos cerrar los ojos; todos estuvimos con el arma en la mano, dispuestos a disparar si algo atravesaba la puerta sin tocarla. Gracias a Dios la noche termino. Era un nuevo día y como tal, lo pasado había quedado atrás.
Poco antes de merendar, Rodrigo y yo, fuimos por el arma y la cubeta que él había dejado tiradas a un lado del río él aun iba temblando, temía encontrarse con lo que había mirado horas antes, temía que ese algo lo persiguiera, todo él era un manojo de nervios.
Al llegar al río, ambos nos quedamos mirando hacia el otro lado y comenzamos a carcajearnos, ahí no había una alma, no había nada paranormal, lo único que había era una vaca muerta, una vaca blanca teñida de rojo por los impactos de las balas que le habían matado, era una vaca que nunca debió haber estado ahí y mucho menos por la noche; la pobre espanto a Rodrigo y el sonso pensó que era un fantasma, las balas fueron clavándose en su cuerpo y la pobre bramaba mientras iba cayendo.
Esa mañana cargamos con el animal para cocinarla, Rodrigo más tarde se arreglaría con el dueño de tan desafortunado animal.
Fue complicado destazarla, tan solo le quitamos el cuero agujerado y la fuimos cocinando por partes para que al cabo de cinco días no quedara más que los huesos. De su dueño nunca se supo nada, nadie subió preguntando por ella y Don Tomas nunca volvió a subir para mínimo preguntarle algo.
De ahí todo pareció volver a la normalidad, mis compañeros salían por la noche al baño y regresaban para volver a dormir, yo salía al baño y regresaba para volver a dormir; una de tantas noches, salí del cuarto para ir al baño, pero esa noche el frío era tal que calaba los huesos y yo por ningún motivo pensé ir al río por agua, así que en lugar de ir a los baños que estaban asignados para nosotros, fui a los del otro batallón, de esta forma nosotros no tendríamos problemas más tarde.
Dentro de un gran cuarto sin puerta, había tres escusados, cada uno con una puerta que daba del piso a casi tocar el techo.
Entre y mire las tres puertas, una frente a mí y una a cada orilla, di unos pasos hasta estar frente a la puerta del lado izquierdo y golpee para abrirla, no había nadie, golpee la puerta de en medio sin encontrarme con alguien adentro, golpee la otra puerta y al no haber nadie, entre e hice del baño sin cerrar la puerta, de este modo me daría cuenta si alguien entraba, no entro nadie.
Minutos después volvía a ponerme en pie para ir a los dormitorios, pero esta vez algo me detuvo, estaba por salir del cuarto cuando escuche que me llamaban, era una voz tan honda que me decía “mírame, aquí estoy”, la voz era de esas que nacen de la nada, de esas que no se sabe si son ciertas ó son alucinaciones nuestras, pero esta la escuche tan claro que pensé que era mi superior, voltee la mirada para saber quien era y en el baño de en medio, mire, mire un monstruo, era una cosa gigante, estaba ahí parado y me miraba con sus ojos rojos, en esos instantes, debido al susto que me dio, comencé a carcajearme, a decir que ya me había asustado, a carcajearme y a seguir diciendo que me había asustado, pero esa cosa solo me miraba, sin moverse.
Ahora no lo puedo describir un poco más, no mire si tenia cuernos, cola, alas, no me quede a averiguar lo que era porque de un segundo a otro regrese a la realidad y salí corriendo al llegar al dormitorio a nadie le dije nada, me quede callado y temblando bajo las cobijas.
Por la mañana comencé a preguntar a uno por uno del porque me había asustado, pero todos juraron que no habían sido, nadie sabia nada, nadie me había asustado, fue ahí cuando supe que aquello que mire, fue el demonio del que tanto nos hablo Don Tomas.
Ahora estoy aquí, contándotelo, y así como escuchas mi voz, así lo escuche, y así como me miras, así lo mire, algunos me piden describirlo, ¿Pero como describir lo que no tiene explicación?
ejercicio 6: camina burro
CAMINA BURRO
Estoy sentado a la mitad de la peña, desde aquí miro todo Bernal, miro la iglesia, miro el auditorio, miro la escuela con sus canchas de tierra caliente, miro todo y un poco más allá, miro el camino de terracería que va para la carretera y el barrio.
Si bajo la mirada, miro a la gente que viene subiendo para llegar aquí, donde estoy. Miro a un grupo de seis niños y escucho que uno de ellos grita “me voy a aventar para llegar más rápido allá abajo”, y nomás lo escucho, si vienen en plan de desgorre mejor que ni vengan, ¿Cómo es posible que se burlen de la peña?, ¿Que no es lo mismo que burlarse del pueblo? Sigo mirando a los niños, más allá abajo vienen un par de decenas más, hasta parecen hormigas trepando la peña.
Me hubiera gustado subir más arriba, pero me dijo un hombre que no, que para que arriesgarle, que el limite era hasta aquí, donde esta la capilla color verde y ni como alegarle; ese señor era Don Catarino -cata para los que ya lo conocen-, un dizque amigo de mi padre.
Sigo mirando y más allá de Bernal, de la carretera, del barrio, hay un inmenso llano, y sobre este unas granjas, unas grandes granjas que parecen lagunas de ahí mi vista ya no pasa, no logro mirar más allá.
Volteo la mirada y del otro lado miro un cerro, se miran los caminos de tierra que llevan a el, se miran las cercas de piedra que suben, dividiendo los territorios donde las vacas no pueden brincar.
Volteo y allá abajo se unen tres caminos, y a estos los une una capilla, y es esa capilla y el camino aquel los que me hacen recordar y temer por lo que la otra vez me contó mi abuelo Chon.
“Tu tío Chonillo tal vez tenia unos tres años cuando sucedió. Hace unos cuarenta y siete años para ser más exactos, allá arriba, pal’ cerro, del camino que viene del jagüey, venia yo, mi burro y encima del burro Chonillo, toda esa tarde estuve echándome unos pulques con Don Mariano allá en el jagüey, nos sentamos sobre unas piedras y ahí estuvimos tome y tome a tu tío Chonillo lo tenia a mi lado, muy cerquitita de mi brazo, lo tenia ahí sentado, comiendo pitahayas.”
“Entonces cuando sentí que ya no podía tomar, nos regresamos, veníamos andando, yo y el burro, y encima del burro Chonillo, Don Mariano se quedo allá, dizque ya no podía caminar, en el camino venia arriando al burro, que del frío que hacia ya no quería caminar, “entonces veníamos por la cerca aquella de unos de apellido Solano cuando mi burro paro sus pasos ya no quiso caminar”.
“Yo lo jalaba y jalaba pero ya no quiso caminar”.
“Comenzaba a enojarme al mirar que el burro no quería caminar y a Chonillo llore y llore, en eso estaba cuando sentí que alguien me jalo, voltee para todos lados pero no era nadie, fue cuando mire en el bracito de Chonillo las marcas de unas manos que lo jalaban, pero solo eran las marcas, no había manos, solo marcas, la verdad me asuste, se lo querían llevar las chingadas brujas y no supe que hacer más que gritarles “llévenme a mi hijas del mal”, “pero no me hicieron caso, seguían jalando a mi niño”.
“De pronto me asuste más, detrás de mi oí unos pasos, voltee y mire una silueta que se iba acercando a mi, era Antonio, el hijo de Don Alfonso, me dijo “Que tiene Don Chon”, “estas pinches brujas que no me dejan caminar y que se quieren llevar a mi niño”; él nomás me miraba, tal vez pensó que estoy loco volvió a decirme “venga Don Chon, venga conmigo”, agarro mi burro y lo fue jalando y jalando hasta que llegamos a la capilla que esta allá camino pal’ cerro, donde se unen tres caminos, volvió a decirme “aquí se va a quedar toda la noche, aquí no le harán nada”, y le obedecí, me quede ahí toda la noche.
Son asombrosos los recuerdos, llegan a la mente tan rápido que hasta parece que uno lo esta viviendo de nuevo.
Mientras sigo mirando aquellos tres caminos, olvido donde me encuentro, estoy a la mitad de la peña y tal parece que estuviera allá abajo, a la entrada de la capilla.
Han pasado dos horas y yo sigo aquí arriba, mirando a la gente que viene subiendo y a los alpinistas que no pueden llegar a la cima.
Cuando más entretenido estoy, escucho una voz que me dice “¿Te quedas?”, es Don Catarino, ya va a comenzar a descender la peña y para no pensar más cosas, iré tras de él para llegar allá abajo, donde no se miran los caminos para la carretera y el barrio.
10-12-2005
César Solano Vega.
Estoy sentado a la mitad de la peña, desde aquí miro todo Bernal, miro la iglesia, miro el auditorio, miro la escuela con sus canchas de tierra caliente, miro todo y un poco más allá, miro el camino de terracería que va para la carretera y el barrio.
Si bajo la mirada, miro a la gente que viene subiendo para llegar aquí, donde estoy. Miro a un grupo de seis niños y escucho que uno de ellos grita “me voy a aventar para llegar más rápido allá abajo”, y nomás lo escucho, si vienen en plan de desgorre mejor que ni vengan, ¿Cómo es posible que se burlen de la peña?, ¿Que no es lo mismo que burlarse del pueblo? Sigo mirando a los niños, más allá abajo vienen un par de decenas más, hasta parecen hormigas trepando la peña.
Me hubiera gustado subir más arriba, pero me dijo un hombre que no, que para que arriesgarle, que el limite era hasta aquí, donde esta la capilla color verde y ni como alegarle; ese señor era Don Catarino -cata para los que ya lo conocen-, un dizque amigo de mi padre.
Sigo mirando y más allá de Bernal, de la carretera, del barrio, hay un inmenso llano, y sobre este unas granjas, unas grandes granjas que parecen lagunas de ahí mi vista ya no pasa, no logro mirar más allá.
Volteo la mirada y del otro lado miro un cerro, se miran los caminos de tierra que llevan a el, se miran las cercas de piedra que suben, dividiendo los territorios donde las vacas no pueden brincar.
Volteo y allá abajo se unen tres caminos, y a estos los une una capilla, y es esa capilla y el camino aquel los que me hacen recordar y temer por lo que la otra vez me contó mi abuelo Chon.
“Tu tío Chonillo tal vez tenia unos tres años cuando sucedió. Hace unos cuarenta y siete años para ser más exactos, allá arriba, pal’ cerro, del camino que viene del jagüey, venia yo, mi burro y encima del burro Chonillo, toda esa tarde estuve echándome unos pulques con Don Mariano allá en el jagüey, nos sentamos sobre unas piedras y ahí estuvimos tome y tome a tu tío Chonillo lo tenia a mi lado, muy cerquitita de mi brazo, lo tenia ahí sentado, comiendo pitahayas.”
“Entonces cuando sentí que ya no podía tomar, nos regresamos, veníamos andando, yo y el burro, y encima del burro Chonillo, Don Mariano se quedo allá, dizque ya no podía caminar, en el camino venia arriando al burro, que del frío que hacia ya no quería caminar, “entonces veníamos por la cerca aquella de unos de apellido Solano cuando mi burro paro sus pasos ya no quiso caminar”.
“Yo lo jalaba y jalaba pero ya no quiso caminar”.
“Comenzaba a enojarme al mirar que el burro no quería caminar y a Chonillo llore y llore, en eso estaba cuando sentí que alguien me jalo, voltee para todos lados pero no era nadie, fue cuando mire en el bracito de Chonillo las marcas de unas manos que lo jalaban, pero solo eran las marcas, no había manos, solo marcas, la verdad me asuste, se lo querían llevar las chingadas brujas y no supe que hacer más que gritarles “llévenme a mi hijas del mal”, “pero no me hicieron caso, seguían jalando a mi niño”.
“De pronto me asuste más, detrás de mi oí unos pasos, voltee y mire una silueta que se iba acercando a mi, era Antonio, el hijo de Don Alfonso, me dijo “Que tiene Don Chon”, “estas pinches brujas que no me dejan caminar y que se quieren llevar a mi niño”; él nomás me miraba, tal vez pensó que estoy loco volvió a decirme “venga Don Chon, venga conmigo”, agarro mi burro y lo fue jalando y jalando hasta que llegamos a la capilla que esta allá camino pal’ cerro, donde se unen tres caminos, volvió a decirme “aquí se va a quedar toda la noche, aquí no le harán nada”, y le obedecí, me quede ahí toda la noche.
Son asombrosos los recuerdos, llegan a la mente tan rápido que hasta parece que uno lo esta viviendo de nuevo.
Mientras sigo mirando aquellos tres caminos, olvido donde me encuentro, estoy a la mitad de la peña y tal parece que estuviera allá abajo, a la entrada de la capilla.
Han pasado dos horas y yo sigo aquí arriba, mirando a la gente que viene subiendo y a los alpinistas que no pueden llegar a la cima.
Cuando más entretenido estoy, escucho una voz que me dice “¿Te quedas?”, es Don Catarino, ya va a comenzar a descender la peña y para no pensar más cosas, iré tras de él para llegar allá abajo, donde no se miran los caminos para la carretera y el barrio.
10-12-2005
César Solano Vega.
ejercicio 5 : de visita en bernal.
DE VISITA EN BERNAL
Eran por ahí de las cinco de la tarde cuando llegue a Bernal lo mire igual que las otras veces, con sus calles empedradas, su vieja capilla amarilla -con las tres campanas que desde que recuerdo han estado ahí, sonando cuando un fuerte viento llega a moverlas y hacen que muchos crean que es el comerciante que años atrás sobre ese baldío se fue a esconder de los ladrones que lo perseguían-, que hoy apenas y se acuerdan de ella las animas. Y mire lo que siempre ha estado y estará ahí “la peña”.
Voltee la mirada y vi el camino que pasa por la casa de mi abuelo, un poco más allá de donde vive mi tío Chonillo; camine despacio, mis pisadas hicieron que los perros ladraran, no acostumbrados a oír el sonido de los torpes pasos de un desconocido, ladraban como si yo fuera el diablo.
Seguí subiendo y al llegar a la casa de mi abuelo, toque al momento que un montonal de perros me ladraban. Adentro, en la cocina, mi abuelo sentado en una silla de madera y frente a una mesita redonda, comía las habas que en el día cocinaron mis tías.
-¿Onde esta tu mamá?
- Ahí viene.
Como todos los años, sus vivencias, donde reinan los espantos, de su voz se dejaron escuchar.
-Hoy me hablaron otra vez.
-¿Quién? -le pregunte-.
-Pos’ quien sabe, estaba sentado bajo un mezquite comiendo mi torta y clarito escuche que me llamaban Chon, Chon... y solo le respondí “hey...hey...”
- ¿Y le contesto?
- No, de ahí ya no pasan, a diario me hablan pero pos no es nadie, solo se escuchan las voces de nadie, los quejidos de nadie. Algunos que luego van conmigo me dicen: “hey Chon, ahí te llaman”, pero los tontos no saben que no es naiden, que la voz la grita un muerto. Yo solo les digo que no se espanten, que ansina es la cosa.
- ¿Y solo le han hablado?
No, eso no es nada. La otra vez, cuando andaba por la cueva que esta allá en el cerro, mire un charro, pero lo que es un charro, no un charrito como los que luego bajan por aquí, era un charro grandote el canijo, estaba a la entrada de la puerta y yo del otro lado de unos garambullos, me dijo, “adonde va amigo” con una voz tan onda que parecía venir de dentro de la cueva, “ando buscando un becerro que se me perdió”, “venga, yo le digo donde anda”. En esos instantes no pensé nada, le di vuelta a los garambullos y el charro ya no estaba, voltee para todos lados y ni su rastro, entonces que agarro mi caballo el blanco, no el amarillo, el blanco y que lo agarro y que me regreso rápido, temblando.
Todos estábamos atentos, ni uno se atrevía a hablar, ni uno, ni siquiera un ruido hacían la decena de perros de mi tía Pita -con sus dos trenzas al lado de sus hombros, largas, negras-.
Ahí estaban sus perros, el bartolin, el winder y un montonal que quien sabe como recuerde sus nombres, yo a todos los miro iguales, excepto por el ratón, que esta amarrado allá atrás, donde esta la vaca.
Mire otra vez a mi abuelo, esta vez más atento, lo mire con su chamarra vieja de cuero, su pantalón roto, su sombrero de paragueyo, su morral y su guaparra a un lado, junto al zafiro -otro perro-.
- Despuecito, ya un poco retirado de la cueva, recordé lo que me dijo doña Agustina “allá en la cueva que esta en el cerro hay dinero don Chon, dicen que si uno se acerca sale un toro bramando y lueguito un perro echando lumbre por la boca”. Solo Dios sabe si no me mintió, ese día vi un charro de negro el canijo.
-¿Y como era su rostro?
-Huí, hijo, la vista ya no me deja ver, apenas y miro de aquí a donde esta Leandra, ahí al lado del fogón.
Mire a Leandra, sentada sobre la silla, tomando su café y comiendo su bolillo, la mire y recordé lo que me había dicho unos meses antes, cuando Juanis le dijo “Leandra, cuéntale lo del dinero que despreciaste”, y Leandra aun entretenida con su café me contó, “andaba allá por el cerro buscando musgo con Pita, cuando miramos que sobre el peñasco había una hoya, entonces la agarre, se sentía pesada, vi que era dinero y vi que ahí en medio del peñasco hay una rendija, entonces dije: Pita, este dinero no es bueno, lo voy a tirar, y lo tire todo por la rendija, ni una triste moneda me quede, solo me traje la hoya, si quieres ve a verla, esta al lado de las crisantemas”.
Yo no le dije nada, solo me dio risa, y si me dio algo fue coraje. Como es posible que tire el dinero cuando por poco y nos quedamos en la calle.
-Oye Leandra dijo Pita - ¿Y que seria aquello que chillo por la carretera que va por el cerro pa’ San Martín?
-Quien sabe.
-Pos chillo re feo, como un lobo, como una urraca ó creo que era como un puerco,
A mi se me hace que en ese tramo movieron algo, y tal vez sea la cosa mala la que chilla, ya vez la otra vez que llevamos al ratón, escucho el chillido y nomás se quedo mirando para el cerro y ni ladró y que decir de Carmela, ni creía, ni creía, que cuando lo escucho hasta se le olvido que hacia del baño y que se levanta y que se pone pálida, pálida.
Mi abuelo nomás las miraba, escuchaba lo que según ellas eran sustos, pero para susto lo que mi abuelo me contó, cuando era joven y por valentía quería quedarse en el cerro, pero cual va siendo su asombro al mirar no muy lejos de él, bajar una llamarada y pararse sobre un huizache. Eso fue suficiente para que se regresara, no importándole que fuera de noche y que de entre el cerro le volvieran a llamar...Chon…Chon…
Mis tías se quedaron calladas: Cruz Martina comiendo su elote asado, Juanis hincada quien sabe como -dice que solo ella puede-, Pita cobijándose con su montón de perros, Leandra tomando su café, y yo, mirando entre las sombras, la peña que al otro día escalaría.
28 – Noviembre – 01 Diciembre – 2005
César Solano Vega.
Eran por ahí de las cinco de la tarde cuando llegue a Bernal lo mire igual que las otras veces, con sus calles empedradas, su vieja capilla amarilla -con las tres campanas que desde que recuerdo han estado ahí, sonando cuando un fuerte viento llega a moverlas y hacen que muchos crean que es el comerciante que años atrás sobre ese baldío se fue a esconder de los ladrones que lo perseguían-, que hoy apenas y se acuerdan de ella las animas. Y mire lo que siempre ha estado y estará ahí “la peña”.
Voltee la mirada y vi el camino que pasa por la casa de mi abuelo, un poco más allá de donde vive mi tío Chonillo; camine despacio, mis pisadas hicieron que los perros ladraran, no acostumbrados a oír el sonido de los torpes pasos de un desconocido, ladraban como si yo fuera el diablo.
Seguí subiendo y al llegar a la casa de mi abuelo, toque al momento que un montonal de perros me ladraban. Adentro, en la cocina, mi abuelo sentado en una silla de madera y frente a una mesita redonda, comía las habas que en el día cocinaron mis tías.
-¿Onde esta tu mamá?
- Ahí viene.
Como todos los años, sus vivencias, donde reinan los espantos, de su voz se dejaron escuchar.
-Hoy me hablaron otra vez.
-¿Quién? -le pregunte-.
-Pos’ quien sabe, estaba sentado bajo un mezquite comiendo mi torta y clarito escuche que me llamaban Chon, Chon... y solo le respondí “hey...hey...”
- ¿Y le contesto?
- No, de ahí ya no pasan, a diario me hablan pero pos no es nadie, solo se escuchan las voces de nadie, los quejidos de nadie. Algunos que luego van conmigo me dicen: “hey Chon, ahí te llaman”, pero los tontos no saben que no es naiden, que la voz la grita un muerto. Yo solo les digo que no se espanten, que ansina es la cosa.
- ¿Y solo le han hablado?
No, eso no es nada. La otra vez, cuando andaba por la cueva que esta allá en el cerro, mire un charro, pero lo que es un charro, no un charrito como los que luego bajan por aquí, era un charro grandote el canijo, estaba a la entrada de la puerta y yo del otro lado de unos garambullos, me dijo, “adonde va amigo” con una voz tan onda que parecía venir de dentro de la cueva, “ando buscando un becerro que se me perdió”, “venga, yo le digo donde anda”. En esos instantes no pensé nada, le di vuelta a los garambullos y el charro ya no estaba, voltee para todos lados y ni su rastro, entonces que agarro mi caballo el blanco, no el amarillo, el blanco y que lo agarro y que me regreso rápido, temblando.
Todos estábamos atentos, ni uno se atrevía a hablar, ni uno, ni siquiera un ruido hacían la decena de perros de mi tía Pita -con sus dos trenzas al lado de sus hombros, largas, negras-.
Ahí estaban sus perros, el bartolin, el winder y un montonal que quien sabe como recuerde sus nombres, yo a todos los miro iguales, excepto por el ratón, que esta amarrado allá atrás, donde esta la vaca.
Mire otra vez a mi abuelo, esta vez más atento, lo mire con su chamarra vieja de cuero, su pantalón roto, su sombrero de paragueyo, su morral y su guaparra a un lado, junto al zafiro -otro perro-.
- Despuecito, ya un poco retirado de la cueva, recordé lo que me dijo doña Agustina “allá en la cueva que esta en el cerro hay dinero don Chon, dicen que si uno se acerca sale un toro bramando y lueguito un perro echando lumbre por la boca”. Solo Dios sabe si no me mintió, ese día vi un charro de negro el canijo.
-¿Y como era su rostro?
-Huí, hijo, la vista ya no me deja ver, apenas y miro de aquí a donde esta Leandra, ahí al lado del fogón.
Mire a Leandra, sentada sobre la silla, tomando su café y comiendo su bolillo, la mire y recordé lo que me había dicho unos meses antes, cuando Juanis le dijo “Leandra, cuéntale lo del dinero que despreciaste”, y Leandra aun entretenida con su café me contó, “andaba allá por el cerro buscando musgo con Pita, cuando miramos que sobre el peñasco había una hoya, entonces la agarre, se sentía pesada, vi que era dinero y vi que ahí en medio del peñasco hay una rendija, entonces dije: Pita, este dinero no es bueno, lo voy a tirar, y lo tire todo por la rendija, ni una triste moneda me quede, solo me traje la hoya, si quieres ve a verla, esta al lado de las crisantemas”.
Yo no le dije nada, solo me dio risa, y si me dio algo fue coraje. Como es posible que tire el dinero cuando por poco y nos quedamos en la calle.
-Oye Leandra dijo Pita - ¿Y que seria aquello que chillo por la carretera que va por el cerro pa’ San Martín?
-Quien sabe.
-Pos chillo re feo, como un lobo, como una urraca ó creo que era como un puerco,
A mi se me hace que en ese tramo movieron algo, y tal vez sea la cosa mala la que chilla, ya vez la otra vez que llevamos al ratón, escucho el chillido y nomás se quedo mirando para el cerro y ni ladró y que decir de Carmela, ni creía, ni creía, que cuando lo escucho hasta se le olvido que hacia del baño y que se levanta y que se pone pálida, pálida.
Mi abuelo nomás las miraba, escuchaba lo que según ellas eran sustos, pero para susto lo que mi abuelo me contó, cuando era joven y por valentía quería quedarse en el cerro, pero cual va siendo su asombro al mirar no muy lejos de él, bajar una llamarada y pararse sobre un huizache. Eso fue suficiente para que se regresara, no importándole que fuera de noche y que de entre el cerro le volvieran a llamar...Chon…Chon…
Mis tías se quedaron calladas: Cruz Martina comiendo su elote asado, Juanis hincada quien sabe como -dice que solo ella puede-, Pita cobijándose con su montón de perros, Leandra tomando su café, y yo, mirando entre las sombras, la peña que al otro día escalaría.
28 – Noviembre – 01 Diciembre – 2005
César Solano Vega.
Ejercicio 10. LA MALETA
LA MALETA
Avisto de inmediato la cinta transportadora. Allí paseaba la maleta verde cuyos herraje brillaban bajo la luz penetrante de los fluorescentes.
Después de tomar la misma, se dirigió al hotel, Una vez en el, decidió desempacar. Al instante supo definitivamente que no era la suya. Lo que vio estaba mas allá de lo que su mente podía entender.
Una figura oscura, casi transparente, se desdoblo y se acomodo sobre la pared. Se estiro e inmediatamente volvió a su escondite.
Después del asombro, temeroso, trato de imaginarse a su dueño, un ser errante, confundido, sin cómplice.
Llevado por el miedo, tomo el equipaje, y llego como pudo al aeropuerto dirigiéndose a la ventanilla de objetos perdidos. Al costado, vio un hombre gris portando una maleta verde. Lloraba, había perdido algo de si mismo, no tenía identidad.
Compadeciéndose de el, le toco el hombro y sin decir palabra, cambiaron el equipaje
Avisto de inmediato la cinta transportadora. Allí paseaba la maleta verde cuyos herraje brillaban bajo la luz penetrante de los fluorescentes.
Después de tomar la misma, se dirigió al hotel, Una vez en el, decidió desempacar. Al instante supo definitivamente que no era la suya. Lo que vio estaba mas allá de lo que su mente podía entender.
Una figura oscura, casi transparente, se desdoblo y se acomodo sobre la pared. Se estiro e inmediatamente volvió a su escondite.
Después del asombro, temeroso, trato de imaginarse a su dueño, un ser errante, confundido, sin cómplice.
Llevado por el miedo, tomo el equipaje, y llego como pudo al aeropuerto dirigiéndose a la ventanilla de objetos perdidos. Al costado, vio un hombre gris portando una maleta verde. Lloraba, había perdido algo de si mismo, no tenía identidad.
Compadeciéndose de el, le toco el hombro y sin decir palabra, cambiaron el equipaje
domingo 24 de junio de 2007
ejercicio 4: sonia
“SONIA”
Por la carretera que sube a donde están aquellos árboles, los mas grandes que he visto en mi vida, (algunos dicen que son los únicos que hay por estos rumbos, y tal vez sea verdad, porque para donde uno mire, no ve mas que casas techadas con lamina o loza de color rojo, y mas allá solo se miran pinos, centenares de pinos), subía una camioneta. El rugir de su motor se escuchaba hasta acá, donde yo estaba. El aire lo arrimaba como si fuera pasando a mi lado, lo arrimaba tanto que sentía ir dentro de ella. La camioneta siguió subiendo y subiendo hasta que dejo de mirarse al ingresar en la niebla que baja hasta las raíces de aquellos árboles. Pero el ruido de su motor aun se escuchaba, se seguía escuchando hasta acá, hasta el cementerio, donde estaba yo; Roberto.
El hombre aquel que conducía la camioneta, después de haberla estacionado detrás del cementerio ingles, bajo de ella y tomo un pico y una pala y comenzó a cavar un hoyo. La noche era más que perfecta, la niebla había bajado tanto que los del pueblo no se percatarían de lo que estaba sucediendo allá arriba, y el aire soplaba tanto que no escucharían nada, ni el rugir del motor de la camioneta, ni nada. Pero yo los mire, estoy seguro que fui el único que los miro, mire sus cuerpos entre la niebla, mire las manos de él al levantar el pico y azotarlo contra la tierra. Luego me fui acercando más y más hasta tenerlos frente a mí. Y entonces, mire las gotas de sudor que brotaban de la frente de él, mire sus manos temblando por tanto excavar, picar y sacar la tierra mientras ella jalaba el cuerpo envuelto en una sabana blanca teñida de sangre que estaba en la caja de la camioneta, lo jalaba con sus dos manos, también temblorosas.
-Apúrale Alberto.
-¿Apúrale, apúrale?, ¿no sabes otra cosa que decir?
Mira lo que estoy haciendo por tu pinché culpa.
-¿mi culpa? Tú querías estar conmigo.
-Si pero no a cuestas de matar al estúpido de tu marido…
-¿A donde vas hija?
-Que te importa.
-¿Ya vas con ese mendigo de Alberto?
-¡Que te importa!, es mi bronca con quien salga, ¿no?
-¡No!, eres casada, eres la esposa de Justino.
Ella salió de la casa y azoto la puerta frente al rostro de su madre.
Afuera, la noche comenzaba a caer, se miraba de entre los cerros bajar la niebla y se oía el aleteo dé los pájaros al salir volando de su nido para escapar de esa cosa que corría tras de ellos. Mucho mas allá, la luna trataba de asomarse por entre la niebla, pero nadie le hacia caso, no en esas frías noches de agosto, tal vez si fuera mayo alumbraría con su resplandor todo el pueblo, pero esos días habían quedado atrás, ahora era Agosto, mes en que la luna solía pasar desapercibida.
“Si mi hijo no hubiera muerto, mi matrimonio aun fuera normal. Justino y yo, seguiríamos fingiendo ser felices, porque eso hacíamos, fingir ante los demás una felicidad que no teníamos, pero últimamente ya no le veo el chiste de seguir viviendo juntos. Se niega a darme el divorcio, dice que quiere volver a ser padre, pero la verdad yo no, ya no quiero ser madre, me encariñe bastante los ocho años que tuve a mi hijo, que no pienso volver a correr el riesgo de tener otro hijo y perderlo”.
“Roberto fue lo que nos mantuvo unidos, fue por él. Ahora que no está, ¿Qué mas da vivir la vida con quien yo quiera?, no me importa lo que tenga que hacer, pero de algún modo me alejare de Justino”.
El timbre de la puerta sonó, dio dos sonidos como lo habían acortado, su dedo índice alcanzo el botón y dio dos prolongadas pulsaciones.
Adentro, él sabia quien era y que quería, lo sabia desde la mañana anterior, cuando recibió la llamada de Sonia.
-¿Estas segura? –le había preguntado por el teléfono, se lo había preguntado tantas ocasiones que ya no le quedaba ninguna duda, incluso a media noche le había llamado; “hola mi amor, soy Alberto”, y le volvía hacer la pregunta y volvía a escuchar el “si” que lo tenia muy nervioso.
Esa noche todo cambio, ya no podía volver a llamarle. El timbre de la puerta había sonado y afuera estaba Sonia esperando a que saliera, y tenia que salir, porque Sonia era capas de quedarse ahí hasta que su esposa llegara, y él no podía permitir un encuentro entre ellas, así que salió.
-¿Estas segura?
-Si, o que, ¿Te vas a rajar?
-No, no, pero......ya
-Nada, vámonos que ya mero sale de trabajar.
Justino atravesó la carretera para tomar un taxi, siempre lo hacia, desde hace un año siempre viajaba en taxi. Antes viajaba en un automóvil que tenia, pero se deshizo del, el día que murió su hijo, después de mirar como un auto lo arrollaba. Desde ese día juro nunca mas volver a manejar, lo juro mil veces y lo siguió jurando cuando en la defensa de su auto miro la mancha de sangre y callo en la realidad de que él lo había matado. Era su auto, eran sus manos las que minutos antes conducían el auto, era su mente mareada por tanto alcohol, era él.
Ellos lo miraron de un lado a otro de la carretera, miraron como sus pasos con lentitud avanzaban.
-Es ahora o nunca -dijo Sonia-, lo dijo tan fuerte y tan segura, que Alberto solo miro como el pie de ella se hundía en el acelerador mientras sus manos guiaban la camioneta a aquel que atravesaba la carretera.
-Ayúdenme, por favor, ayúdenme.
-Justino suplicaba ayuda, no sabia ni de donde había salido la camioneta, ni por que lo había arroyado. Lo único que miraba con su vista borrosa, era el rostro de Sonia y un poco mas allá, la camioneta de donde se bajaba un tipo y comenzaba a caminar en dirección a el.
-Ayúdenme, por piedad.
-Hasta aquí llegaste cabrón.
-Apúrale Alberto.
-¿Apúrate, apúrate?, ¿no sabes otra cosa que decir? Mira lo que estoy haciendo por tu pinché culpa.
-¿Mi culpa?, tu querías estar conmigo.
-Si, pero no a cuestas de matar al estúpido de tu marido. Claro, ahora no sientes remordimiento. Si tu hubieras agarrado el arma y disparado a su cabeza, no estarías tan tranquila ahí aplastadota.
“Conté las paladas de tierra que le echamos a Justino, fueron las mismas que Alberto saco del hoyo. Ahora Justino esta ahí abajo, ahí donde siempre quise verlo. Su cuerpo se fue cubriendo de tierra hasta que no quedo mas que un montón de piedras, le echamos encima piedras para que los perros no lo fueran a sacar”
“Y nos fuimos, nos subimos a la camioneta y nos alejamos de aquello que acabamos de hacer. Poco a poco el montón de piedras se fue perdiendo entre la niebla, hubo un momento en que mire al retrovisor y vi la silueta de un niño, entonces saque la cabeza por la ventana pero no había nada. Me tranquilice pensando que eran mis nervios. Volví a mirar en el retrovisor y el niño ahí estaba, al lado del montón de piedras. Estaba ahí parado, mirando como nos alejábamos y haciéndonos adiós con su mano, hasta que después de unos segundos quedo tan atrás de nosotros, que me fue imposible seguir mirándolo”.
-¿Viste al niño que estaba allá atrás? – le pregunte a Alberto sin dejar de mirar al retrovisor-. Después de unos segundos, pensé que tal vez no me había escuchado.
-Te pregunte ¿Que si viste al niño que estaba allá atrás? – después de algunos segundos comencé a enfadarme-. Voltee para mirar a Alberto y al hacerlo, sentí como mi corazón se detenía. El que iba ahí, a mi lado –manejando-, no era Alberto, no se como sucedió pero mire a Justino, lo mire con sangre escurriendo de su frente. Me dijo: “despierta”.
“Son las dos cincuenta y cinco de la mañana y acabo de despertarme. Estoy sudando, tengo las manos escurriendo de sudor. A mi lado está Justino, ni siquiera se espanto al verme despertar con un grito. Tiene en sus manos el teléfono”.
-¿Quién chingados llama a estas horas?, toma, haber si a ti si te contestan.
-Bu...bueno.
-Hola mi amor, soy Alberto...............
César Solano Vega.
05-febrero-2006
Por la carretera que sube a donde están aquellos árboles, los mas grandes que he visto en mi vida, (algunos dicen que son los únicos que hay por estos rumbos, y tal vez sea verdad, porque para donde uno mire, no ve mas que casas techadas con lamina o loza de color rojo, y mas allá solo se miran pinos, centenares de pinos), subía una camioneta. El rugir de su motor se escuchaba hasta acá, donde yo estaba. El aire lo arrimaba como si fuera pasando a mi lado, lo arrimaba tanto que sentía ir dentro de ella. La camioneta siguió subiendo y subiendo hasta que dejo de mirarse al ingresar en la niebla que baja hasta las raíces de aquellos árboles. Pero el ruido de su motor aun se escuchaba, se seguía escuchando hasta acá, hasta el cementerio, donde estaba yo; Roberto.
El hombre aquel que conducía la camioneta, después de haberla estacionado detrás del cementerio ingles, bajo de ella y tomo un pico y una pala y comenzó a cavar un hoyo. La noche era más que perfecta, la niebla había bajado tanto que los del pueblo no se percatarían de lo que estaba sucediendo allá arriba, y el aire soplaba tanto que no escucharían nada, ni el rugir del motor de la camioneta, ni nada. Pero yo los mire, estoy seguro que fui el único que los miro, mire sus cuerpos entre la niebla, mire las manos de él al levantar el pico y azotarlo contra la tierra. Luego me fui acercando más y más hasta tenerlos frente a mí. Y entonces, mire las gotas de sudor que brotaban de la frente de él, mire sus manos temblando por tanto excavar, picar y sacar la tierra mientras ella jalaba el cuerpo envuelto en una sabana blanca teñida de sangre que estaba en la caja de la camioneta, lo jalaba con sus dos manos, también temblorosas.
-Apúrale Alberto.
-¿Apúrale, apúrale?, ¿no sabes otra cosa que decir?
Mira lo que estoy haciendo por tu pinché culpa.
-¿mi culpa? Tú querías estar conmigo.
-Si pero no a cuestas de matar al estúpido de tu marido…
-¿A donde vas hija?
-Que te importa.
-¿Ya vas con ese mendigo de Alberto?
-¡Que te importa!, es mi bronca con quien salga, ¿no?
-¡No!, eres casada, eres la esposa de Justino.
Ella salió de la casa y azoto la puerta frente al rostro de su madre.
Afuera, la noche comenzaba a caer, se miraba de entre los cerros bajar la niebla y se oía el aleteo dé los pájaros al salir volando de su nido para escapar de esa cosa que corría tras de ellos. Mucho mas allá, la luna trataba de asomarse por entre la niebla, pero nadie le hacia caso, no en esas frías noches de agosto, tal vez si fuera mayo alumbraría con su resplandor todo el pueblo, pero esos días habían quedado atrás, ahora era Agosto, mes en que la luna solía pasar desapercibida.
“Si mi hijo no hubiera muerto, mi matrimonio aun fuera normal. Justino y yo, seguiríamos fingiendo ser felices, porque eso hacíamos, fingir ante los demás una felicidad que no teníamos, pero últimamente ya no le veo el chiste de seguir viviendo juntos. Se niega a darme el divorcio, dice que quiere volver a ser padre, pero la verdad yo no, ya no quiero ser madre, me encariñe bastante los ocho años que tuve a mi hijo, que no pienso volver a correr el riesgo de tener otro hijo y perderlo”.
“Roberto fue lo que nos mantuvo unidos, fue por él. Ahora que no está, ¿Qué mas da vivir la vida con quien yo quiera?, no me importa lo que tenga que hacer, pero de algún modo me alejare de Justino”.
El timbre de la puerta sonó, dio dos sonidos como lo habían acortado, su dedo índice alcanzo el botón y dio dos prolongadas pulsaciones.
Adentro, él sabia quien era y que quería, lo sabia desde la mañana anterior, cuando recibió la llamada de Sonia.
-¿Estas segura? –le había preguntado por el teléfono, se lo había preguntado tantas ocasiones que ya no le quedaba ninguna duda, incluso a media noche le había llamado; “hola mi amor, soy Alberto”, y le volvía hacer la pregunta y volvía a escuchar el “si” que lo tenia muy nervioso.
Esa noche todo cambio, ya no podía volver a llamarle. El timbre de la puerta había sonado y afuera estaba Sonia esperando a que saliera, y tenia que salir, porque Sonia era capas de quedarse ahí hasta que su esposa llegara, y él no podía permitir un encuentro entre ellas, así que salió.
-¿Estas segura?
-Si, o que, ¿Te vas a rajar?
-No, no, pero......ya
-Nada, vámonos que ya mero sale de trabajar.
Justino atravesó la carretera para tomar un taxi, siempre lo hacia, desde hace un año siempre viajaba en taxi. Antes viajaba en un automóvil que tenia, pero se deshizo del, el día que murió su hijo, después de mirar como un auto lo arrollaba. Desde ese día juro nunca mas volver a manejar, lo juro mil veces y lo siguió jurando cuando en la defensa de su auto miro la mancha de sangre y callo en la realidad de que él lo había matado. Era su auto, eran sus manos las que minutos antes conducían el auto, era su mente mareada por tanto alcohol, era él.
Ellos lo miraron de un lado a otro de la carretera, miraron como sus pasos con lentitud avanzaban.
-Es ahora o nunca -dijo Sonia-, lo dijo tan fuerte y tan segura, que Alberto solo miro como el pie de ella se hundía en el acelerador mientras sus manos guiaban la camioneta a aquel que atravesaba la carretera.
-Ayúdenme, por favor, ayúdenme.
-Justino suplicaba ayuda, no sabia ni de donde había salido la camioneta, ni por que lo había arroyado. Lo único que miraba con su vista borrosa, era el rostro de Sonia y un poco mas allá, la camioneta de donde se bajaba un tipo y comenzaba a caminar en dirección a el.
-Ayúdenme, por piedad.
-Hasta aquí llegaste cabrón.
-Apúrale Alberto.
-¿Apúrate, apúrate?, ¿no sabes otra cosa que decir? Mira lo que estoy haciendo por tu pinché culpa.
-¿Mi culpa?, tu querías estar conmigo.
-Si, pero no a cuestas de matar al estúpido de tu marido. Claro, ahora no sientes remordimiento. Si tu hubieras agarrado el arma y disparado a su cabeza, no estarías tan tranquila ahí aplastadota.
“Conté las paladas de tierra que le echamos a Justino, fueron las mismas que Alberto saco del hoyo. Ahora Justino esta ahí abajo, ahí donde siempre quise verlo. Su cuerpo se fue cubriendo de tierra hasta que no quedo mas que un montón de piedras, le echamos encima piedras para que los perros no lo fueran a sacar”
“Y nos fuimos, nos subimos a la camioneta y nos alejamos de aquello que acabamos de hacer. Poco a poco el montón de piedras se fue perdiendo entre la niebla, hubo un momento en que mire al retrovisor y vi la silueta de un niño, entonces saque la cabeza por la ventana pero no había nada. Me tranquilice pensando que eran mis nervios. Volví a mirar en el retrovisor y el niño ahí estaba, al lado del montón de piedras. Estaba ahí parado, mirando como nos alejábamos y haciéndonos adiós con su mano, hasta que después de unos segundos quedo tan atrás de nosotros, que me fue imposible seguir mirándolo”.
-¿Viste al niño que estaba allá atrás? – le pregunte a Alberto sin dejar de mirar al retrovisor-. Después de unos segundos, pensé que tal vez no me había escuchado.
-Te pregunte ¿Que si viste al niño que estaba allá atrás? – después de algunos segundos comencé a enfadarme-. Voltee para mirar a Alberto y al hacerlo, sentí como mi corazón se detenía. El que iba ahí, a mi lado –manejando-, no era Alberto, no se como sucedió pero mire a Justino, lo mire con sangre escurriendo de su frente. Me dijo: “despierta”.
“Son las dos cincuenta y cinco de la mañana y acabo de despertarme. Estoy sudando, tengo las manos escurriendo de sudor. A mi lado está Justino, ni siquiera se espanto al verme despertar con un grito. Tiene en sus manos el teléfono”.
-¿Quién chingados llama a estas horas?, toma, haber si a ti si te contestan.
-Bu...bueno.
-Hola mi amor, soy Alberto...............
César Solano Vega.
05-febrero-2006
ejercicio 3: chismes
CHISMES
“Llovía, la lluvia se metía hasta mis recuerdos y mojaba mis propias lagrimas, mis pensamientos y todo lo que un día creí imborrable; los momentos felices que a tu lado viví.”
“Llovía, como si este fuera el fin de mí existir. El agua mojaba mi cuerpo, escurría por mi rostro, hacia mi ropa insoportable y trataba de alejarme con fuertes relámpagos de la puerta de mi casa.”
Hace unas horas que te fuiste, que te miré caminar sobre el lodo en que se han convertido las calles, tus pies estancándose en cada pisada, tu pelo mojado como relámpagos cayendo por tus hombros. Te miré caminar, huyendo de esta realidad que nos mata, que te hace correr, correr sobre el agua que chapotea tus piernas para que al final, te perdieras de mi vista del otro lado de la puerta aquella que lleva como leyenda; “Cantina”.
Ahora sé que estás ahí dentro. Sé que no has salido porque no me he movido de aquí y no he mirado tu silueta pasar por la puerta aquella, por eso sé que aun estás ahí dentro.
Te imagino en el mejor de los casos, sentada en uno de esos viejos bancos de madera apolillada, bebiendo una copa que se mezcla con tus lagrimas, que te sabe a ti, a eso que sale de tus ojos y baja por tus mejillas hasta caer dentro de la copa. Tal vez hasta estés platicando con el cantinero, contándole de nosotros, pero a él no lo imagino, lo miro, lo visualizo al momento que sé que no te hará caso, que tu voz llegará a sus oídos y no escuchará nada, que verá tu boca moverse y no escuchará nada, porque él no escucha, es sordo y si supo que tipo de bebida pediste, es porque solo sabe hacer eso, leer en los labios de los demás la bebida que desean. Pero de ahí en fuera no sabe nada, por eso no te ara caso y ni te responderá, solo se quedará mirando tus labios sin entender nada, nada.
Si eso no fuera lo que por ahora estas haciendo, entonces viene lo peor, lo que tanto temo por haberlo escuchado de tus labios, “si tú no me quieres, habrá quien me quiera”, y eso aunque no lo quiera imaginar, no puedo, porque simplemente lo peor es lo que primero llega a mi pensamiento y sin querer, comienzo a imaginar, a mirarte sentada en alguna de las tantas mesas, rodeada por un montón de hombres, tal vez cinco ó seis, no lo sé. Hace tanto que no voy a ese lugar, que no recuerdo cuantos caben en una mesa. Pero si no cabes, te harán un espació y te invitaran una copa, y se sentirán ganadores por tenerte ahí con ellos. Tú, la única mujer ahí adentro. Beberás tantas copas hasta terminar emborrachándote mientras ellos van metiendo mano bajo tu ropa, porque eso harán, meterán sus sucias manos para alcanzar tu tersa y delicada piel. No todo es gratis y de alguna forma tienes que pagar lo que bebes. Y te tocaran, y recorrerán todo tu cuerpo y tal vez hasta ahí mismo te desnuden y yo no podré hacer nada para impedirlo porque esa fue tu decisión. Por más que lo grites, de ahí no saldrán tus plegarias por verme llegar y salvarte de esa bola de pervertidos.
Después vendrás arrepentida, saldrás de la cantina descalza, con todo el pelo enredado, con todo tu cuerpo con el calor de las manos de ellos. Vendrás caminando sobre el lodo y tal vez hasta vengas deteniéndote de las paredes y tal vez en un descuido, cuando la pared termine y tus manos crean que aun continua, caigas y tu vestido se manche de lodo y tu pelo deje de ser suave para aparentar como esas bolas de lana que se forman en los borregos. Y aun así te levantaras y seguirás caminando hasta llegar a mí. Entonces te miraré hecha un desastre, ya no serás la mujer pura que conocí, ahora serás una de esas que cargan con el recuerdo de tantos hombres, no por necesidad, si no por placer. Llegando me dirás que soy el mejor hombre del mundo, que estas arrepentida por el daño que me haz hecho y me dirás que a pesar de todo sigo siendo el hombre de tu vida. Me dirás que nunca más volverás a creer en los chismes ajenos, en esas personas que se meten en la vida del otro creyendo estúpidamente conocerle sin saber que primero necesitan conocerse así mismos antes de andar metiendo la cuchara donde no le llaman. Me dirás todo eso y yo te creeré y te diré que ni tú ni yo tuvimos la culpa, que solo le hicimos caso a aquellos metiches, a aquellos ignorantes.
“Ya viste a la Lola, partiéndose el alma todo el día lavando ropa mientras su marido anda por ahí de cusco con cuanta mujer se le pone enfrente. Pobrecita de ella, cree que él anda trabajando en eso del tabique, pero no, anda con doña Lupe, con doña Cata… esas tristes viejas que en su camino no han tenido más hombre que él, y claro, de ahí sale el dinero. Les roba, las estafa por la simple razón de estar con ellas. Pobre Lola, solo Dios sabe porque le toco un hombre así”.
De eso yo tenia conocimiento desde semanas atrás, platicaban en todas partes de mis dizque romances, pero yo solo iba a verlas porque necesitan de alguien, viven solas y hay cosas que no pueden hacer; como acarrear agua del pozo, darle de comer a los puercos, porque con esos animales hay que tener cuidado, se avientan a uno para arrebatar el pasto de la mano, parecen inofensivos, pero no lo son. Por eso es que voy a verlas, para ayudarlas. Pero nada mas ven a uno con alguien o entrar a casa de alguien y luego luego comienzan a inventar montonal de chismes.
Muchas veces le expliqué a mi mujer porque las visitaba, pero no me creyó, prefirió creer en esas víboras que tenemos como vecinas, en esas destruye hogares.
Hace unas horas discutimos tanto sobre lo mismo que terminamos mandándonos muy lejos y ella agarró y se fue, -eso de agarro es un simple decir, porque no se llevo nada, agarro y se fue, solo eso-. De eso hace unas horas, no recuerdo cuantas pero creo que han sido muchas, lo creo porque cuando se fue aun se miraba la puerta de la cantina, y ahora no se mira nada, solo los relámpagos que a lo lejos alumbran por segundos el lugar donde deciden caer.
Y yo sigo aquí, escuchando la lluvia caer y esperando mirar de entre las sombras, la torpe silueta de mi mujer.
César Solano Vega.
26-Febrero-2006
“Llovía, la lluvia se metía hasta mis recuerdos y mojaba mis propias lagrimas, mis pensamientos y todo lo que un día creí imborrable; los momentos felices que a tu lado viví.”
“Llovía, como si este fuera el fin de mí existir. El agua mojaba mi cuerpo, escurría por mi rostro, hacia mi ropa insoportable y trataba de alejarme con fuertes relámpagos de la puerta de mi casa.”
Hace unas horas que te fuiste, que te miré caminar sobre el lodo en que se han convertido las calles, tus pies estancándose en cada pisada, tu pelo mojado como relámpagos cayendo por tus hombros. Te miré caminar, huyendo de esta realidad que nos mata, que te hace correr, correr sobre el agua que chapotea tus piernas para que al final, te perdieras de mi vista del otro lado de la puerta aquella que lleva como leyenda; “Cantina”.
Ahora sé que estás ahí dentro. Sé que no has salido porque no me he movido de aquí y no he mirado tu silueta pasar por la puerta aquella, por eso sé que aun estás ahí dentro.
Te imagino en el mejor de los casos, sentada en uno de esos viejos bancos de madera apolillada, bebiendo una copa que se mezcla con tus lagrimas, que te sabe a ti, a eso que sale de tus ojos y baja por tus mejillas hasta caer dentro de la copa. Tal vez hasta estés platicando con el cantinero, contándole de nosotros, pero a él no lo imagino, lo miro, lo visualizo al momento que sé que no te hará caso, que tu voz llegará a sus oídos y no escuchará nada, que verá tu boca moverse y no escuchará nada, porque él no escucha, es sordo y si supo que tipo de bebida pediste, es porque solo sabe hacer eso, leer en los labios de los demás la bebida que desean. Pero de ahí en fuera no sabe nada, por eso no te ara caso y ni te responderá, solo se quedará mirando tus labios sin entender nada, nada.
Si eso no fuera lo que por ahora estas haciendo, entonces viene lo peor, lo que tanto temo por haberlo escuchado de tus labios, “si tú no me quieres, habrá quien me quiera”, y eso aunque no lo quiera imaginar, no puedo, porque simplemente lo peor es lo que primero llega a mi pensamiento y sin querer, comienzo a imaginar, a mirarte sentada en alguna de las tantas mesas, rodeada por un montón de hombres, tal vez cinco ó seis, no lo sé. Hace tanto que no voy a ese lugar, que no recuerdo cuantos caben en una mesa. Pero si no cabes, te harán un espació y te invitaran una copa, y se sentirán ganadores por tenerte ahí con ellos. Tú, la única mujer ahí adentro. Beberás tantas copas hasta terminar emborrachándote mientras ellos van metiendo mano bajo tu ropa, porque eso harán, meterán sus sucias manos para alcanzar tu tersa y delicada piel. No todo es gratis y de alguna forma tienes que pagar lo que bebes. Y te tocaran, y recorrerán todo tu cuerpo y tal vez hasta ahí mismo te desnuden y yo no podré hacer nada para impedirlo porque esa fue tu decisión. Por más que lo grites, de ahí no saldrán tus plegarias por verme llegar y salvarte de esa bola de pervertidos.
Después vendrás arrepentida, saldrás de la cantina descalza, con todo el pelo enredado, con todo tu cuerpo con el calor de las manos de ellos. Vendrás caminando sobre el lodo y tal vez hasta vengas deteniéndote de las paredes y tal vez en un descuido, cuando la pared termine y tus manos crean que aun continua, caigas y tu vestido se manche de lodo y tu pelo deje de ser suave para aparentar como esas bolas de lana que se forman en los borregos. Y aun así te levantaras y seguirás caminando hasta llegar a mí. Entonces te miraré hecha un desastre, ya no serás la mujer pura que conocí, ahora serás una de esas que cargan con el recuerdo de tantos hombres, no por necesidad, si no por placer. Llegando me dirás que soy el mejor hombre del mundo, que estas arrepentida por el daño que me haz hecho y me dirás que a pesar de todo sigo siendo el hombre de tu vida. Me dirás que nunca más volverás a creer en los chismes ajenos, en esas personas que se meten en la vida del otro creyendo estúpidamente conocerle sin saber que primero necesitan conocerse así mismos antes de andar metiendo la cuchara donde no le llaman. Me dirás todo eso y yo te creeré y te diré que ni tú ni yo tuvimos la culpa, que solo le hicimos caso a aquellos metiches, a aquellos ignorantes.
“Ya viste a la Lola, partiéndose el alma todo el día lavando ropa mientras su marido anda por ahí de cusco con cuanta mujer se le pone enfrente. Pobrecita de ella, cree que él anda trabajando en eso del tabique, pero no, anda con doña Lupe, con doña Cata… esas tristes viejas que en su camino no han tenido más hombre que él, y claro, de ahí sale el dinero. Les roba, las estafa por la simple razón de estar con ellas. Pobre Lola, solo Dios sabe porque le toco un hombre así”.
De eso yo tenia conocimiento desde semanas atrás, platicaban en todas partes de mis dizque romances, pero yo solo iba a verlas porque necesitan de alguien, viven solas y hay cosas que no pueden hacer; como acarrear agua del pozo, darle de comer a los puercos, porque con esos animales hay que tener cuidado, se avientan a uno para arrebatar el pasto de la mano, parecen inofensivos, pero no lo son. Por eso es que voy a verlas, para ayudarlas. Pero nada mas ven a uno con alguien o entrar a casa de alguien y luego luego comienzan a inventar montonal de chismes.
Muchas veces le expliqué a mi mujer porque las visitaba, pero no me creyó, prefirió creer en esas víboras que tenemos como vecinas, en esas destruye hogares.
Hace unas horas discutimos tanto sobre lo mismo que terminamos mandándonos muy lejos y ella agarró y se fue, -eso de agarro es un simple decir, porque no se llevo nada, agarro y se fue, solo eso-. De eso hace unas horas, no recuerdo cuantas pero creo que han sido muchas, lo creo porque cuando se fue aun se miraba la puerta de la cantina, y ahora no se mira nada, solo los relámpagos que a lo lejos alumbran por segundos el lugar donde deciden caer.
Y yo sigo aquí, escuchando la lluvia caer y esperando mirar de entre las sombras, la torpe silueta de mi mujer.
César Solano Vega.
26-Febrero-2006
ejercicio 2: solo una cosa le encargo.
“SOLO UNA COSA LE ENCARGO”
Hoy por la mañana, al llegar a casa, encontré a mi mujer en la puerta con los brazos cruzados. Estaba esperándome, me lo dijo en cuanto me vio acercarme:“te estoy esperando, llevo toda la noche aquí parada, esperándote”. La mire toda, de pies a cabeza y no lo pude dudar, tenia los ojos rojos, de esos que tiene uno cuando no a dormido. Entonces supe que me estuvo esperando toda la noche, parada ahí al lado de la puerta, su cuerpo apoyado sobre el marco, sus brazos cruzados.
Todavía antes, pensaba encontrarla dormida, acostada en su cama como aquellas vacas que se echan sobre el pasto, criando solo garrapatas. Antes de llegar, iba pensando lo que le diría al mirarla ahí, ocupando toda la cama; “¿aun estas echada?, ¿qué no se te duermen las patas de tanto estar sin moverlas?”, pero no se lo pude decir, de eso me di cuenta cuando vi su figura en la puerta, esperándome.
Eran dos días en que no llegaba a casa, tal vez por eso mire tan enojada a mi mujer. Ignoro si usted la conozca, pero si no es así, se la describiré; mi mujer es un torote de este tamaño, poco le falto para ser mula, una mula como quien las mira, con pelos hasta de bajo de las orejas.
Hubo un tiempo en que dude si fuera mujer, usted sabe, mirarla con esos brazotes hace que a uno le entre la duda, principalmente cuando se miraba sacar cargando a los borrachos de la cantina, -porque a eso se dedicaba antes de ser mi mujer-, y los aventaba a la calle y aquellos ni intento asían por defenderse, sabían a que le tiraban si se ponían al parejo, por eso ni le hacían al cuento y mejor se iban. Muchas veces a mi me saco cargando, pero yo le sabia la movida y para que no me azotara en el suelo le decía casi al oído; “mi chula, no me azotes porque cuando me quieras tener, estaré muy mayugado”, y no me azotaba.
La verdad nunca imagine terminar casado con ella, mucho menos sabiéndola de armas tomar. Todo fue por una noche, la verdad no me acuerdo, pero dice que la invite a mi casa y hasta le hice cosas que jamás le habían hecho, y conste que yo iba borracho y así no se vale, porque por muy poco que me gustara, no era como para querer vivir con ella. Pero mire usted, al mes me salió con que iba a tener un chamaco y que era mío y pues ni modo, le tuve que atorar.
Con el paso del tiempo pensé que cambiaria, que dejaría a un lado esas fachas con que vestía -pantalón, botas de minero, playeras sin mangas-, y rasurarse esos bigotes y comenzar a vestirse como mujer. Pero han pasado los años y aun siguen guardados esos bonitos vestidos que le compre, aunque como dicen por ahí “la mona aunque se vista de ceda, mona se queda”. Yo solo lo hacia para que no se viera como marimacha, pero a ella parecía valerle gorro lo que yo pensara, solo era ella y su triste bocota que se tragaba en un día lo que yo como en toda la semana.
¿Que porque digo que ella traga y yo como?, porque así son las cosas, ella se empina toda la hoya de frijoles y hasta remoja las tortillas en el caldo. Usted me perdonara, pero a eso no se le puede llamar comer. Ahora que me acuerdo, ¿Por qué carajos le estoy dando a usted explicaciones? Una cosa es que me pregunte que, qué me paso y otra que le cuente toda mi vida. Pero le contare porque ando así, para que le sirva de ejemplo y no se ande metiendo con cuanta mujer se le ofrezca.
Llegue a mi casa, o su casa como quiera llamarle. Pensaba meterme derechito a mi cama a dormir, cuando sentí sobre mi cara un puñetazo. Ni tiempo me dio de poner las manos cuando ya tenía los ojos cerrados por tanto trancazo. Dijo que estaba enojada por los dos días en que no llegaba, que a donde y con quien había estado. Solo le dije que andaba trabajando lejos. Ya ve que por aquí escasea mucho el trabajo y mi compadre me invito a trabajar a otro pueblo, y como era viernes, solo trabajamos un día y la mitad del otro y nos regresamos.
Yo iba recontento a mí casa, pero me reciben con una buena paliza. Entonces dígame, ¿Qué diablos hago viviendo así? por eso lo vine a buscar, por el pueblo comentan mucho de usted, aunque eso si, muy quedito para que no se entere la ley. Mire, por ahora solo traigo este dinero, se que solo es una parte, pero le prometo que en cuanto viendo que ha hecho un buen trabajo, vendo unos chivos que por ahí tengo, y le pago el resto.
Solo una cosa le encargo, que parezca una venganza, usted sabe, llegar cuanto este por ahí haciendo cualquier cosa y caerle encima. Yo me encargare de inventarle cualquier rivalidad con alguno de esos borrachos que sacaba de las cantinas. La cosa es, que hoy por la noche, cuando llegue, la encuentre tirada en donde usted quiera.
-Solo eso le encargo.
César Solano Vega
18-02-2006
Hoy por la mañana, al llegar a casa, encontré a mi mujer en la puerta con los brazos cruzados. Estaba esperándome, me lo dijo en cuanto me vio acercarme:“te estoy esperando, llevo toda la noche aquí parada, esperándote”. La mire toda, de pies a cabeza y no lo pude dudar, tenia los ojos rojos, de esos que tiene uno cuando no a dormido. Entonces supe que me estuvo esperando toda la noche, parada ahí al lado de la puerta, su cuerpo apoyado sobre el marco, sus brazos cruzados.
Todavía antes, pensaba encontrarla dormida, acostada en su cama como aquellas vacas que se echan sobre el pasto, criando solo garrapatas. Antes de llegar, iba pensando lo que le diría al mirarla ahí, ocupando toda la cama; “¿aun estas echada?, ¿qué no se te duermen las patas de tanto estar sin moverlas?”, pero no se lo pude decir, de eso me di cuenta cuando vi su figura en la puerta, esperándome.
Eran dos días en que no llegaba a casa, tal vez por eso mire tan enojada a mi mujer. Ignoro si usted la conozca, pero si no es así, se la describiré; mi mujer es un torote de este tamaño, poco le falto para ser mula, una mula como quien las mira, con pelos hasta de bajo de las orejas.
Hubo un tiempo en que dude si fuera mujer, usted sabe, mirarla con esos brazotes hace que a uno le entre la duda, principalmente cuando se miraba sacar cargando a los borrachos de la cantina, -porque a eso se dedicaba antes de ser mi mujer-, y los aventaba a la calle y aquellos ni intento asían por defenderse, sabían a que le tiraban si se ponían al parejo, por eso ni le hacían al cuento y mejor se iban. Muchas veces a mi me saco cargando, pero yo le sabia la movida y para que no me azotara en el suelo le decía casi al oído; “mi chula, no me azotes porque cuando me quieras tener, estaré muy mayugado”, y no me azotaba.
La verdad nunca imagine terminar casado con ella, mucho menos sabiéndola de armas tomar. Todo fue por una noche, la verdad no me acuerdo, pero dice que la invite a mi casa y hasta le hice cosas que jamás le habían hecho, y conste que yo iba borracho y así no se vale, porque por muy poco que me gustara, no era como para querer vivir con ella. Pero mire usted, al mes me salió con que iba a tener un chamaco y que era mío y pues ni modo, le tuve que atorar.
Con el paso del tiempo pensé que cambiaria, que dejaría a un lado esas fachas con que vestía -pantalón, botas de minero, playeras sin mangas-, y rasurarse esos bigotes y comenzar a vestirse como mujer. Pero han pasado los años y aun siguen guardados esos bonitos vestidos que le compre, aunque como dicen por ahí “la mona aunque se vista de ceda, mona se queda”. Yo solo lo hacia para que no se viera como marimacha, pero a ella parecía valerle gorro lo que yo pensara, solo era ella y su triste bocota que se tragaba en un día lo que yo como en toda la semana.
¿Que porque digo que ella traga y yo como?, porque así son las cosas, ella se empina toda la hoya de frijoles y hasta remoja las tortillas en el caldo. Usted me perdonara, pero a eso no se le puede llamar comer. Ahora que me acuerdo, ¿Por qué carajos le estoy dando a usted explicaciones? Una cosa es que me pregunte que, qué me paso y otra que le cuente toda mi vida. Pero le contare porque ando así, para que le sirva de ejemplo y no se ande metiendo con cuanta mujer se le ofrezca.
Llegue a mi casa, o su casa como quiera llamarle. Pensaba meterme derechito a mi cama a dormir, cuando sentí sobre mi cara un puñetazo. Ni tiempo me dio de poner las manos cuando ya tenía los ojos cerrados por tanto trancazo. Dijo que estaba enojada por los dos días en que no llegaba, que a donde y con quien había estado. Solo le dije que andaba trabajando lejos. Ya ve que por aquí escasea mucho el trabajo y mi compadre me invito a trabajar a otro pueblo, y como era viernes, solo trabajamos un día y la mitad del otro y nos regresamos.
Yo iba recontento a mí casa, pero me reciben con una buena paliza. Entonces dígame, ¿Qué diablos hago viviendo así? por eso lo vine a buscar, por el pueblo comentan mucho de usted, aunque eso si, muy quedito para que no se entere la ley. Mire, por ahora solo traigo este dinero, se que solo es una parte, pero le prometo que en cuanto viendo que ha hecho un buen trabajo, vendo unos chivos que por ahí tengo, y le pago el resto.
Solo una cosa le encargo, que parezca una venganza, usted sabe, llegar cuanto este por ahí haciendo cualquier cosa y caerle encima. Yo me encargare de inventarle cualquier rivalidad con alguno de esos borrachos que sacaba de las cantinas. La cosa es, que hoy por la noche, cuando llegue, la encuentre tirada en donde usted quiera.
-Solo eso le encargo.
César Solano Vega
18-02-2006
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